Todavía hay razón para tener esperanza.

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FERNANDO BERMÚDEZ
Fernando Bermúdez es teólogo y miembro de las Comunidades Cristianas de Base de la Región de Murcia.

Una de las palabras más escuchadas en los últimos tiempos es la palabra «crisis». Unos la utilizan para quejarse del Gobierno de la nación o de la Región. Otros la usan para lamentarse de su situación económica. Otros, los más vulnerables, los desempleados e inmigrantes, para llorar su desventura. La realidad es que todos la sienten como un mal que se nos ha echado encima y ha puesto en riesgo nuestro estado de bienestar y de seguridad. Sin embargo, pocos analizan las causas profundas que dieron origen a la crisis que no es solamente económico-financiera sino, sobre todo, una crisis del sentido mismo de la vida y de la historia. El sistema capitalista neoliberal ha llevado a la humanidad a una degradación ética y social. Se ha materializado la existencia humana a tal grado que se vive para consumir en vez de consumir para vivir. Se ha invertido el sentido de la economía que, en vez de estar al servicio del ser humano, éste se ha hecho esclavo de la economía como una pieza del engranaje del sistema productivo y del mercado. Más aún, la economía se ha convertido en un medio de especulación y de corrupción.

Las causas de la crisis no son casuales, son estructurales, como ya hemos analizado en otras ocasiones en este mismo diario. A la luz de los principio éticos y cristianos el sistema capitalista neoliberal se presenta como inaceptable e inviable. La crisis nos ofrece la oportunidad de pensar seriamente en la cuestionable dirección que ha tomado la Humanidad. Nos ofrece la oportunidad de cambiar de rumbo y de modelo socioeconómico. No se trata de refundar el capitalismo, pues con ello se correría el riesgo, en el futuro, de nuevas y más graves crisis. Se trata de soñar nuevas alternativas que nos acerquen a un mundo más justo, solidario, humano, pacífico y cuidadoso del medio ambiente. Estos sueños y esperanzas nos retan a forzar ese nuevo amanecer.

Todavía no hay un proyecto alternativo concreto y real. Pero se siente un clamor generalizado que se levanta en los cinco continentes, para recrear una nueva organización económica y social, un nuevo estilo de vida en la humanidad. Se siente cada vez con más urgencia la necesidad de recrear un nuevo modelo socio-económico democrático, participativo y plural, solidario, coherente, fundado en sólidos principios éticos, humanistas y sociales, comprometido en la defensa y promoción de los derechos humanos, respetuoso con la diversidad cultural y religiosa y cuidadoso del ecosistema. Se trata de reconstruir la armonía y volver a la sencillez de antaño sin abandonar los avances de la ciencia y la tecnología. Esta alternativa que brilla en el horizonte, que es fruto de la imaginación y de los sentimientos más nobles del corazón humano, está exigiendo una revolución de la conciencia. Sin ella no hay posibilidad de cambio. Y esta revolución de la conciencia implica conciencia social profunda para sentir en carne propia los problemas de los más desfavorecidos, conciencia crítica para analizar seria y objetivamente la realidad, conciencia de ciudadanía universal de manera que lo que pasa en los países del sur nos afecte y comprometa, conciencia ecológica para velar por el cuidado y defensa de la naturaleza, conciencia pacifista que nos lleve a oponernos a toda acción bélica y a exigir un alto a la carrera armamentista, y conciencia ética que es honestidad, transparencia, pasión por la verdad, la libertad y la justicia, espíritu de servicio y de solidaridad.

Hay cosas que están destinadas a desaparecer, para dar paso a lo nuevo. De todos los rincones del planeta se escuchan voces y hay movilizaciones buscando nuevas alternativas. Está emergiendo una corriente de pensamiento que busca un cambio profundo en la manera de vivir.

El imperio del capital tiene la fuerza, las armas, el dinero y el poder, pero le falta la verdad, que la tienen las víctimas del sistema y cuantos anhelan y luchan por un mundo de justicia, pacífico y de vida digna para todos. La revolución que hoy se está gestando no se librará mediante las armas, ni por el dinero, ni por la violencia, sino por la fuerza de la razón contra la razón de la fuerza, por la organización y la unidad de los pueblos.

Es hora de soñar. Es hora de mirar con esperanza hacia el futuro y caminar hacia la conquista de ese otro mundo posible. Es hora de unir esfuerzos. Es hora de pasar de la protesta a la propuesta sin abandonar aquella. Es hora de actuar. Es hora de romper fronteras, de destruir muros, de abrir puertas y ventanas y tender puentes a los pueblos del mundo en una alianza de civilizaciones, con actitud de respeto y diálogo, libres de resentimientos y prejuicios, apostando por la vida de las personas y de la naturaleza. Los que somos cristianos apostamos, asimismo, por una Iglesia abierta al Espíritu, renovada y renovadora, con sabor a profecía y a pueblo, sin privilegios, participativa, incluyente y comunitaria, servidora de la humanidad, al lado de los pobres y defensora de los derechos humanos.

Todavía hay razón para tener esperanza.

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