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Pongamos freno a las corporaciones
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(2)www.taxjustice.net
Este texto es parte de la revista “América Latina en Movimiento”, No 476, correspondiente a junio de 2012 y que trata sobre " Capital transnacional vs Resistencia de los pueblos” disponible en http://www.alainet.org/publica /476.phtml
En la Cumbre de los Pueblos Río+20 se realizará el lanzamiento de esta revista sobre "Capital transnacional vs Resistencia de los pueblos", en el marco del evento: "Lanzamiento de un Proceso para una Campaña Global contra las Corporaciones Transnacionales" - 19 de junio, 11:30 a 13:30, Tenda Plenaria 22.
También está disponible una edición especial en Inglés: http://www.alainet.org/publica /476-en.phtml
¿Quién? ¿Cómo? ¿Cuándo?
Pongamos freno a las corporaciones
Susan George, ALAI AMLATINA
El capitalismo está en
problemas. Seguramente no lo suficiente, pero tiene que lidiar con
asuntos mucho más complejos que aquellos que enfrentaba hace una o dos
décadas. No festejen – ni lloren – todavía. Un animal hambriento,
acorralado, es más peligroso que uno bien alimentado, libre. El
capitalismo se pregunta en cada momento, de dónde va a venir su próxima
comida.
Desde que el neoliberalismo se volvió el modelo económico dominante a inicios de los años 80, y que el FMI ha impuesto los programas de ajuste estructural, primero en los países endeudados del Sur y ahora en Europa, los servicios públicos, en su mayoría, han sido privatizados. Pero esto no basta. Las corporaciones quieren que todos los servicios públicos se vuelvan una fuente de lucro, a la vez que no tienen inconvenientes en dejar las pérdidas al sector público. Las nuevas fronteras del asalto capitalista son la salud (a través de los seguros de salud u hospitales con fines de lucro), escuelas (con sistemas de bonos) y cárceles (con una cuota de ocupación garantizada…).
La mayoría de los recursos naturales ya se han convertido en commodities, pero no todos: gran parte de la tierra y del agua se mantienen fuera del control corporativo. Pero el contexto ha cambiado desde 2008, cuando los precios mundiales de los alimentos se elevaron exponencialmente. Ahora el acaparamiento de tierras está arrebatando decenas de millones de hectáreas a quienes tradicionalmente las han trabajado, poniéndolas para el uso corporativo, destinado a la exportación. El agua es vista como un producto capitalista perfecto – es indispensable, no puede ser sustituido y su mercado crece a medida que crece la población.
El capitalismo es muy imaginativo y ha creado una miríada de mercados de la nada, especialmente para innumerables productos financieros, particularmente derivados. El comercio en los mercados de derivados es de aproximadamente US $ 2,1 billones (2.100.000.000.000) por día. El dinero en sí es el commodity más comercializado y las operaciones de cambio llegan a $4 billones por día. Ambos mercados aumentaron en un 25% desde 2008, cuando se desató la crisis financiera.
Las nuevas categorías de servicios como la “protección y restauración de ecosistemas” representan una nueva frontera. El mundo de los negocios espera y prevé que la conferencia Rio+20 legitime al “mercado” como la solución para todos los problemas ambientales, considerando que el mercado de carbono sea tan solo el inicio. Desde la óptica del capitalismo, todo lo que está en la Tierra –animales, vegetales, minerales, sólidos, líquidos o gaseosos, lo material o lo inmaterial– puede tener un precio, ser comprado y vendido.
El dilema de la regulación
A medida que el sistema corporativo transnacional se extiende hacia un territorio que está siempre en expansión, el dilema de la regulación se torna más agudo. Cualquier sistema requiere reglas y en los países más ricos hay un nivel razonable de regulación de las corporaciones industriales; por esta razón, entre otras, se desplazan a los países más pobres. Es más fácil, por ejemplo, que quede impune un importante derrame de petróleo en Nigeria que uno en la costa sur de Estados Unidos.
Las corporaciones financieras han sido más hábiles que las industrias pesadas cuando se trata de eliminar los controles. La industria financiera gastó alrededor de US $5 mil millones en el cabildeo a lo largo de la década del 90, para deshacerse de todas las regulaciones bancarias derivadas del New Deal de 1930. La consecuente falta de restricciones fue la principal causa del consiguiente desastre. Aún vivimos con los resultados del desastre provocado y probablemente lo peor esté por venir.
El sistema corporativo es peligroso porque está muy interconectado y muy concentrado. En un brillante documento, tres matemáticos especializados en la teoría de los sistemas complejos mapearon el universo corporativo.(1) Comenzando por una base de datos de la OCDE de 43.000 Empresas Transnacionales (ETNs), trazaron todas las complejas interconexiones financieras entre ellas y mostraron que 80% del valor de esas 43.000 ETNs está en manos de sólo 737 de ellas. Y se pone peor, ya que, siguiendo las inter e intra inversiones y la participación de unas en los negocios de otras, vieron que sólo 147 ETNs retenían 40% del valor de todas las ETNs del mundo. Y el hallazgo más impactante del texto es que las primeras 50 de estas ETNs altamente interconectadas –con la única excepción de Walmart– son todas mega corporaciones financieras (45) o compañías de seguros (4).
Esto es lo que los autores llaman “modelo al filo de la navaja”: si la economía va bien, el sistema parece robusto. Pero un accidente en cualquiera de estas primeras 50 ETNs podría rápidamente volverse una crisis demoledora para todo el mundo y hacer que la caída de Lehman Brothers parezca trivial. La verdad que debemos reiterar es que estamos viviendo al filo de la navaja.
Las corporaciones transnacionales industriales pueden ser malas, pueden ser una plaga para la vida de tal o cual comunidad o evadir impuestos en todas partes; pero los peores y los más amenazantes son los grandes bancos y fondos de inversión libre (hedge funds). Tienen el poder de destruir incluso a las corporaciones hermanas, destruirse entre ellas y precipitar el mundo al caos.
Coaliciones y alianzas
¿Qué hacer, entonces, y quién lo puede hacer, para someter a controles a estos monstruos, si, de hecho, controlarlas fuera posible? Tomemos primero el caso de una comunidad que enfrenta la destrucción – social y/o ecológica – causada por una empresa específica en un lugar específico. Esta es una situación que probablemente enfrentan muchos lectores de ALAI. La compañía A contamina el río local y los habitantes comienzan a enfermarse; la Compañía B discrimina y acosa a las mujeres; la Compañía C se niega a mejorar los salarios y las condiciones de trabajo y está intentando romper el sindicato – todos conocemos estas historias, lo que cambia son sólo algunos detalles.
La forma ideal de acción sería la vía legal –tener leyes internacionales vinculantes que pudieran ser usadas contra ellas– pero no contamos aún con esos medios. Entonces, la otra opción que podemos impulsar frente a las ETNs es, primero garantizar que exista una sólida coalición de intereses en el lugar y segundo identificar y establecer vínculos con grupos similares en el lugar donde la compañía tiene su sede central, casi invariablemente en el Norte. Si el caso contra la empresa se sustenta en una poderosa y persuasiva investigación (de las cuales muchos ejemplos se presentan en los Tribunales de los Pueblos) y si en el Norte, donde se encuentra la sede, se mantienen informados los grupos de apoyo y se les pide cosas específicas, se le puede hacer la vida bastante incómoda a la corporación desde el punto de vista de las relaciones públicas. Tal vez existan posibles alianzas allí donde no miramos. No olvidemos, por ejemplo, la capacidad de las iglesias locales para vincular el Sur con el Norte y vice-versa. Los boycots nacionales e internacionales a veces pueden funcionar, pero necesitan una larga y cuidadosa preparación para ser exitosos.
Sin embargo, aun si las victorias son necesarias y satisfactorias en algunos casos, todos podemos acordar que no limitan el poder del sistema en sí; para eso debemos buscar la solución en otro lado. ¿Qué decir sobre la RSE, la famosa Responsabilidad Social de las Empresas, inventada por empresarios, que reivindica que las corporaciones pueden auto-controlarse y auto-regularse? No niego que algunos altos gerentes sean ciudadanos modelo y que algunas corporaciones realmente tratan de hacer lo mejor para su gente y sus comunidades donde sea que estén, pero seríamos necios si esperáramos que la RSE rectifique todos los abusos corporativos.
Una vez dije, durante una charla, que el Buen Ciudadano Corporativo es aquel que paga sus impuestos, todos sus impuestos, en todas partes. Un abogado que estaba cerca mío en el panel me miró horrorizado y explicó como si hablara a una niña, que su trabajo era ayudar a sus clientes corporativos a evadir los impuestos, lo máximo posible. Estamos muy lejos de poder eliminar los paraísos fiscales o de imponer una legislación sobre la información tributaria país por país que podría eliminar la fijación de precios de trasferencia, pero hoy es posible que los programas de austeridad en Europa mantengan concentradas las mentes de los gobiernos del Norte simplemente por que ahora necesitan de todos los ingresos que puedan recaudar, al igual que los gobiernos en el Sur. Juntos, es posible que podamos conseguir que nuestros gobiernos actúen conjuntamente: deben obligar a las corporaciones a pagar lo que corresponde a cada tesoro nacional en cada jurisdicción donde tienen actividad. En el sistema actual, todos perdemos, menos los accionistas de las empresas y los altos ejecutivos. Y no es necesario reinventar la rueda: la Red para la Justicia Fiscal es internacional y ya hizo toda la investigación y el trabajo preliminar(2).
Nadie admira más que yo a las campañas específicas, contra las industrias extractivas, por los derechos de los pueblos originarios, por el derecho a la alimentación y al agua, etc. Sin embargo, lo más importante, desde mi punto de vista, porque va al corazón de nuestro sistema brutal e inestable, es que es necesario crear alianzas globales para controlar las finanzas. Necesitamos impuestos a las transacciones financieras (también conocido como tasa “Robin Hood”) para disciplinar a la especulación y usar los ingresos para reparar el daño ecológico y social ya causado a las comunidades y a la Tierra. Necesitamos cobrar impuestos a las empresas país por país y cerrar los paraísos fiscales que también impiden que los gobiernos recauden por lo menos $250 billones por año en impuestos. Necesitamos anular completamente la deuda pública de los países que aún están bajo los programas de austeridad del FMI, particularmente en África Subsahariana. Otra excelente iniciativa sería revisar las reglas de la Organización Mundial del Comercio, así como desmantelar buena parte de los nuevos Acuerdos de Libre Comercio regionales o bilaterales que son todos “OMC plus” y les dan aún más ventajas a las corporaciones. Algunos éxitos, por ejemplo contra las compañías farmacéuticas, muestran que es posible hacerlo.
Sin embargo, en un mundo globalizado, esto no puede hacerse sin alianzas. Hoy, ningún grupo de interés, por decidido que esté, puede ganar por sí solo. Esto significa que debemos aprender a trabajar juntos, generalmente con gente a quien no conocemos y esto no puede hacerse por internet. El debate y la discusión son necesarios para que la gente se dé cuente que en el fondo, sindicalistas, campesinos, ecologistas, mujeres, estudiantes, académicos, jubilados y otros tienen las mismas necesidades y comparten los mismos intereses. No necesitamos ponernos de acuerdo en todo para hacer algo juntos. De hecho, es la única forma de ganar. (Traducción: ALAI).
- Susan George es autora y Presidenta de la Dirección del Transnational Institute. Su último libro en español es: Sus Crisis, Nuestras Soluciones. (Editorial Icaria).
Notas:
(1) Vitali S, Glattfelder JB, Battiston S (2011) The Network of Global Corporate Control. PLoS ONE 6(10): e25995. doi:10.1371/journal.pone.00259
Desde que el neoliberalismo se volvió el modelo económico dominante a inicios de los años 80, y que el FMI ha impuesto los programas de ajuste estructural, primero en los países endeudados del Sur y ahora en Europa, los servicios públicos, en su mayoría, han sido privatizados. Pero esto no basta. Las corporaciones quieren que todos los servicios públicos se vuelvan una fuente de lucro, a la vez que no tienen inconvenientes en dejar las pérdidas al sector público. Las nuevas fronteras del asalto capitalista son la salud (a través de los seguros de salud u hospitales con fines de lucro), escuelas (con sistemas de bonos) y cárceles (con una cuota de ocupación garantizada…).
La mayoría de los recursos naturales ya se han convertido en commodities, pero no todos: gran parte de la tierra y del agua se mantienen fuera del control corporativo. Pero el contexto ha cambiado desde 2008, cuando los precios mundiales de los alimentos se elevaron exponencialmente. Ahora el acaparamiento de tierras está arrebatando decenas de millones de hectáreas a quienes tradicionalmente las han trabajado, poniéndolas para el uso corporativo, destinado a la exportación. El agua es vista como un producto capitalista perfecto – es indispensable, no puede ser sustituido y su mercado crece a medida que crece la población.
El capitalismo es muy imaginativo y ha creado una miríada de mercados de la nada, especialmente para innumerables productos financieros, particularmente derivados. El comercio en los mercados de derivados es de aproximadamente US $ 2,1 billones (2.100.000.000.000) por día. El dinero en sí es el commodity más comercializado y las operaciones de cambio llegan a $4 billones por día. Ambos mercados aumentaron en un 25% desde 2008, cuando se desató la crisis financiera.
Las nuevas categorías de servicios como la “protección y restauración de ecosistemas” representan una nueva frontera. El mundo de los negocios espera y prevé que la conferencia Rio+20 legitime al “mercado” como la solución para todos los problemas ambientales, considerando que el mercado de carbono sea tan solo el inicio. Desde la óptica del capitalismo, todo lo que está en la Tierra –animales, vegetales, minerales, sólidos, líquidos o gaseosos, lo material o lo inmaterial– puede tener un precio, ser comprado y vendido.
El dilema de la regulación
A medida que el sistema corporativo transnacional se extiende hacia un territorio que está siempre en expansión, el dilema de la regulación se torna más agudo. Cualquier sistema requiere reglas y en los países más ricos hay un nivel razonable de regulación de las corporaciones industriales; por esta razón, entre otras, se desplazan a los países más pobres. Es más fácil, por ejemplo, que quede impune un importante derrame de petróleo en Nigeria que uno en la costa sur de Estados Unidos.
Las corporaciones financieras han sido más hábiles que las industrias pesadas cuando se trata de eliminar los controles. La industria financiera gastó alrededor de US $5 mil millones en el cabildeo a lo largo de la década del 90, para deshacerse de todas las regulaciones bancarias derivadas del New Deal de 1930. La consecuente falta de restricciones fue la principal causa del consiguiente desastre. Aún vivimos con los resultados del desastre provocado y probablemente lo peor esté por venir.
El sistema corporativo es peligroso porque está muy interconectado y muy concentrado. En un brillante documento, tres matemáticos especializados en la teoría de los sistemas complejos mapearon el universo corporativo.(1) Comenzando por una base de datos de la OCDE de 43.000 Empresas Transnacionales (ETNs), trazaron todas las complejas interconexiones financieras entre ellas y mostraron que 80% del valor de esas 43.000 ETNs está en manos de sólo 737 de ellas. Y se pone peor, ya que, siguiendo las inter e intra inversiones y la participación de unas en los negocios de otras, vieron que sólo 147 ETNs retenían 40% del valor de todas las ETNs del mundo. Y el hallazgo más impactante del texto es que las primeras 50 de estas ETNs altamente interconectadas –con la única excepción de Walmart– son todas mega corporaciones financieras (45) o compañías de seguros (4).
Esto es lo que los autores llaman “modelo al filo de la navaja”: si la economía va bien, el sistema parece robusto. Pero un accidente en cualquiera de estas primeras 50 ETNs podría rápidamente volverse una crisis demoledora para todo el mundo y hacer que la caída de Lehman Brothers parezca trivial. La verdad que debemos reiterar es que estamos viviendo al filo de la navaja.
Las corporaciones transnacionales industriales pueden ser malas, pueden ser una plaga para la vida de tal o cual comunidad o evadir impuestos en todas partes; pero los peores y los más amenazantes son los grandes bancos y fondos de inversión libre (hedge funds). Tienen el poder de destruir incluso a las corporaciones hermanas, destruirse entre ellas y precipitar el mundo al caos.
Coaliciones y alianzas
¿Qué hacer, entonces, y quién lo puede hacer, para someter a controles a estos monstruos, si, de hecho, controlarlas fuera posible? Tomemos primero el caso de una comunidad que enfrenta la destrucción – social y/o ecológica – causada por una empresa específica en un lugar específico. Esta es una situación que probablemente enfrentan muchos lectores de ALAI. La compañía A contamina el río local y los habitantes comienzan a enfermarse; la Compañía B discrimina y acosa a las mujeres; la Compañía C se niega a mejorar los salarios y las condiciones de trabajo y está intentando romper el sindicato – todos conocemos estas historias, lo que cambia son sólo algunos detalles.
La forma ideal de acción sería la vía legal –tener leyes internacionales vinculantes que pudieran ser usadas contra ellas– pero no contamos aún con esos medios. Entonces, la otra opción que podemos impulsar frente a las ETNs es, primero garantizar que exista una sólida coalición de intereses en el lugar y segundo identificar y establecer vínculos con grupos similares en el lugar donde la compañía tiene su sede central, casi invariablemente en el Norte. Si el caso contra la empresa se sustenta en una poderosa y persuasiva investigación (de las cuales muchos ejemplos se presentan en los Tribunales de los Pueblos) y si en el Norte, donde se encuentra la sede, se mantienen informados los grupos de apoyo y se les pide cosas específicas, se le puede hacer la vida bastante incómoda a la corporación desde el punto de vista de las relaciones públicas. Tal vez existan posibles alianzas allí donde no miramos. No olvidemos, por ejemplo, la capacidad de las iglesias locales para vincular el Sur con el Norte y vice-versa. Los boycots nacionales e internacionales a veces pueden funcionar, pero necesitan una larga y cuidadosa preparación para ser exitosos.
Sin embargo, aun si las victorias son necesarias y satisfactorias en algunos casos, todos podemos acordar que no limitan el poder del sistema en sí; para eso debemos buscar la solución en otro lado. ¿Qué decir sobre la RSE, la famosa Responsabilidad Social de las Empresas, inventada por empresarios, que reivindica que las corporaciones pueden auto-controlarse y auto-regularse? No niego que algunos altos gerentes sean ciudadanos modelo y que algunas corporaciones realmente tratan de hacer lo mejor para su gente y sus comunidades donde sea que estén, pero seríamos necios si esperáramos que la RSE rectifique todos los abusos corporativos.
Una vez dije, durante una charla, que el Buen Ciudadano Corporativo es aquel que paga sus impuestos, todos sus impuestos, en todas partes. Un abogado que estaba cerca mío en el panel me miró horrorizado y explicó como si hablara a una niña, que su trabajo era ayudar a sus clientes corporativos a evadir los impuestos, lo máximo posible. Estamos muy lejos de poder eliminar los paraísos fiscales o de imponer una legislación sobre la información tributaria país por país que podría eliminar la fijación de precios de trasferencia, pero hoy es posible que los programas de austeridad en Europa mantengan concentradas las mentes de los gobiernos del Norte simplemente por que ahora necesitan de todos los ingresos que puedan recaudar, al igual que los gobiernos en el Sur. Juntos, es posible que podamos conseguir que nuestros gobiernos actúen conjuntamente: deben obligar a las corporaciones a pagar lo que corresponde a cada tesoro nacional en cada jurisdicción donde tienen actividad. En el sistema actual, todos perdemos, menos los accionistas de las empresas y los altos ejecutivos. Y no es necesario reinventar la rueda: la Red para la Justicia Fiscal es internacional y ya hizo toda la investigación y el trabajo preliminar(2).
Nadie admira más que yo a las campañas específicas, contra las industrias extractivas, por los derechos de los pueblos originarios, por el derecho a la alimentación y al agua, etc. Sin embargo, lo más importante, desde mi punto de vista, porque va al corazón de nuestro sistema brutal e inestable, es que es necesario crear alianzas globales para controlar las finanzas. Necesitamos impuestos a las transacciones financieras (también conocido como tasa “Robin Hood”) para disciplinar a la especulación y usar los ingresos para reparar el daño ecológico y social ya causado a las comunidades y a la Tierra. Necesitamos cobrar impuestos a las empresas país por país y cerrar los paraísos fiscales que también impiden que los gobiernos recauden por lo menos $250 billones por año en impuestos. Necesitamos anular completamente la deuda pública de los países que aún están bajo los programas de austeridad del FMI, particularmente en África Subsahariana. Otra excelente iniciativa sería revisar las reglas de la Organización Mundial del Comercio, así como desmantelar buena parte de los nuevos Acuerdos de Libre Comercio regionales o bilaterales que son todos “OMC plus” y les dan aún más ventajas a las corporaciones. Algunos éxitos, por ejemplo contra las compañías farmacéuticas, muestran que es posible hacerlo.
Sin embargo, en un mundo globalizado, esto no puede hacerse sin alianzas. Hoy, ningún grupo de interés, por decidido que esté, puede ganar por sí solo. Esto significa que debemos aprender a trabajar juntos, generalmente con gente a quien no conocemos y esto no puede hacerse por internet. El debate y la discusión son necesarios para que la gente se dé cuente que en el fondo, sindicalistas, campesinos, ecologistas, mujeres, estudiantes, académicos, jubilados y otros tienen las mismas necesidades y comparten los mismos intereses. No necesitamos ponernos de acuerdo en todo para hacer algo juntos. De hecho, es la única forma de ganar. (Traducción: ALAI).
- Susan George es autora y Presidenta de la Dirección del Transnational Institute. Su último libro en español es: Sus Crisis, Nuestras Soluciones. (Editorial Icaria).
Notas:
(1) Vitali S, Glattfelder JB, Battiston S (2011) The Network of Global Corporate Control. PLoS ONE 6(10): e25995. doi:10.1371/journal.pone.00259
(2)www.taxjustice.net
Este texto es parte de la revista “América Latina en Movimiento”, No 476, correspondiente a junio de 2012 y que trata sobre " Capital transnacional vs Resistencia de los pueblos” disponible en http://www.alainet.org/publica
En la Cumbre de los Pueblos Río+20 se realizará el lanzamiento de esta revista sobre "Capital transnacional vs Resistencia de los pueblos", en el marco del evento: "Lanzamiento de un Proceso para una Campaña Global contra las Corporaciones Transnacionales" - 19 de junio, 11:30 a 13:30, Tenda Plenaria 22.
También está disponible una edición especial en Inglés: http://www.alainet.org/publica
Crisis del sistema democrático
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Crisis del sistema democrático
Hacia una redefinición de nuestra vida en común
A la profunda crisis
económica y ecológica que padecemos le acompaña la crisis del propio
sistema democrático, que recientemente acapara cada vez más atención. Es
decir, el cuestionamiento del actual sistema de funcionamiento y
organización para resolver los conflictos derivados de los distintos
intereses de quienes formamos la sociedad y que, obviamente, incluye el
sistema de representación política. Este contexto plantea la urgencia de
interrogarnos sobre cómo organizar nuestra vida en común, cómo
interactuar entre todas y todos y con la naturaleza y, en definitiva,
sobre qué valores y qué modelo de organización de la sociedad perfilar
un horizonte del buen vivir de todas las personas.
En el actual
contexto de crisis no solo económica, ecológica y social, sino también
de nuestro sistema democrático, el ejercicio de la ciudadanía se ve
menoscabado, aún más, por la exacerbación de las desigualdades y la
profundización de los procesos de exclusión de cada vez más personas y
grupos, a los que se empuja fuera del sistema.
A menudo se dice
que las coyunturas de crisis abren la posibilidad para poner en marcha
ideas y proyectos alternativos. Percepción que cabe entenderse como una
oportunidad para enfrentar en el día a día los múltiples riesgos del
deterioro social y ecológico, y al tiempo experimentar y reflexionar
sobre cómo participar en el proceso de definición y decisión de lo que
es común, sobre la forma de recomponer una comunidad política,
participada por todas y todos, que permita vislumbrar nuevos senderos de
democracia real.
Las exclusiones de la ciudadanía
En
el actual sistema democrático la ciudadanía es la categoría reguladora
de la inclusión y pertenencia al mismo. Su dinámica fija, por tanto,
procesos de inclusión y de exclusión que diferencian entre quienes son
ciudadanos y ciudadanas y quienes no son considerados como tales por su
pertenencia a un particular colectivo social. El resultado de esos
complejos procesos aparece claro, como por ejemplo en el caso de las
mujeres, en la medida en que se las define por su adscripción de género:
se incluye a las mujeres en tanto que ciudadanas en las instituciones
como símbolo de “normalización democrática”, al tiempo que se las
excluye en tanto que inmigrantes del derecho a participar en la elección
de dichas instituciones o de disfrutar de derechos sociales básicos. En
ningún caso la inclusión o la exclusión se realizan en términos
absolutos, de forma que el sistema muestra su capacidad para moldear,
según las coyunturas, la parte del grupo que integra y la que excluye y
sitúa al margen de la sociedad.
Esta característica de “la
ciudadanía” significa que se estructura sobre procesos duales que
jerarquizan las diferencias y por tanto generan desigualdades:[1] la
dualidad de género que constituye a hombres y mujeres con identidades
cerradas; la de origen o etnia que recrea un “nosotras/nosotros” y
“ellas/ellos” con connotaciones colonizadoras; y la de las clases
sociales.
Se podría dibujar un mapa con las fracturas que
originan los procesos de exclusión, explotación, sometimiento
patriarcal, heterosexismo, racismo o de depredación de la naturaleza.
Sería un mapa multidimensional en la medida en que estas dualidades no
operan como instancias estancas, y la interacción entre los sistemas de
dominación tiene como resultado distintas vivencias de la discriminación
en función de la posición de cada cual en las jerarquías sociales.
Nadie
es solo una mujer, ni solo un inmigrante, y habrá que ver cómo la
condición de género, clase, etnia, sexualidad singulariza las
manifestaciones del machismo o del racismo. Por otro lado, esas
dicotomías que la modernidad estableció son contestadas y transgredidas
desde prácticas sociales no hegemónicas y enfrentadas a los sistemas.
En
todo caso, la acepción dominante de ciudadanía se establece desde el
poder, que se arroga la potestad de marcar las normas del funcionamiento
social, hasta decidir quién es y quién no es ciudadano o ciudadana y
los derechos a que da lugar dicha condición. De esta forma, define quién
es sujeto de derechos y sitúa fuera de lo social a quienes no se
ajustan a dichas normas: son las y los excluidos del demos.
Algunas
de esas normas fijan la ciudadanía en relación con el mercado laboral,
de forma que se adquieren derechos si las personas tienen la condición
asalariada. Es ciudadana o ciudadano quien goza de reconocimiento como
trabajador asalariado, y como tal obtiene sus prestaciones; de esta
forma el trabajo asalariado se constituye como elemento articulador de
buena parte de los derechos sociales, para empezar, de todos los que se
derivan de la seguridad social.
Esto requiere, como plantea
Robert Castel [2], una clasificación de las personas en categorías
homogéneas en función de su posición respecto al empleo: quienes
trabajan, quienes están en paro, y las personas excluidas por
definición, expulsadas a terreno de nadie, sin los derechos asociados al
trabajo remunerado y estigmatizadas socialmente [3]. Es el caso, por
ejemplo, de las mujeres que se autodenominan trabajadoras del sexo y
reclaman ser consideradas como tales para adquirir derechos, su
condición de ciudadanas, y poder vivir sin lo que marca toda su vida: el
estigma social.
Cobra aquí todo su sentido la afirmación de «el
derecho a tener derechos» que formuló Hannah Arendt en El origen del
totalitarismo: el derecho a ser reconocida por los demás como persona y
los derechos que se derivan de tal reconocimiento. Supone, tal y como
desarrolla Benhabid [4], tener un reconocimiento y una aceptación social
y alcanzar condición jurídica dentro de una comunidad política
concreta. Es, tomando otro ejemplo, el derecho de una persona refugiada a
obtener una ciudadanía.
Porque, también determinadas normas
fijan exclusiones en función de un origen o identidad diferenciada de la
dominante en una sociedad. Esta es la función de las leyes y del
entramado normativo de extranjería, que se aplica a las y los
inmigrantes y que puede llevar a situaciones de negación absoluta de
derechos, incluso del derecho a la atención sanitaria, como sucede con
quienes viven sometidos al régimen carcelario de los Centros de
Internamiento de Extranjeros (CIES).
Y, sin ánimo de agotar la
extensa lista de normas [5], también resultan representativos los
procesos de exclusión e inclusión que establecen las normas “culturales”
y las representaciones simbólicas, siempre sometidas a interpretaciones
políticas. Un ejemplo muy significativo es el tratamiento al uso del
hiyab, o pañuelo musulmán, por mujeres de origen magrebí y los debates y
medidas que ha suscitado. La polémica entre quienes lo aceptan
acríticamente como práctica social, quienes lo consideran icono cultural
de una diferencia interiorizada, y posiciones islamofóbicas que
criminalizan a las mujeres que lo utilizan, ha dejado en ocasiones
indefensas a algunas de estas jóvenes. De ello derivan procesos tan
excluyentes como privar del derecho a la enseñanza a chicas que lo
llevan en la escuela pública [6].
Una universalidad que no es neutra
Por
paradójico que resulte, el concepto de ciudadanía remite a una idea
universalista según la cual las y los individuos son sujetos iguales en
derechos. Esta aparente neutralidad, persistentemente señalada desde la
teoría feminista por su carácter androcéntrico, tiene una enorme
funcionalidad al establecer las normas, a las que he hecho referencia
antes, por las que se intenta fijar la pertenencia y exclusión sobre la
base de la unidad de necesidades, deseos e identidades de las personas.
Sin
embargo, supone, claro está, la exclusión de quienes no responden a esa
norma por no ser asalariada, trabajar en precario, ser inmigrante,
tener otras referencias culturales, vivir la sexualidad fuera de la
heteronormatividad, o estar adscrita a un género. Como señala Eleni
Varikas [7], la democracia histórica se fundó en la desconfianza de lo
múltiple a través de la unificación coercitiva de lo uno, que vuelve
irrepresentables a quienes no corresponden a la norma única, e
invisibiliza la diversidad de situaciones y las relaciones de poder que
atraviesan la vida en sociedad.
De esta forma las desigualdades
aparecen desdibujadas, cuando no encubiertas, y adquiere legitimidad un
modelo de ciudadanía excluyente. En realidad “ciudadanía” es un concepto
permanentemente en disputa. Por un lado, está el sentido que se le da
desde los poderes y, por otro lado, la redefinición buscada por los
movimientos políticos y sociales para ampliar su significado e
incorporar a los derechos civiles, que la modernidad estableció, los
derechos políticos, económicos, sociales y culturales que, con
limitaciones, se han ido conquistando.
Así, el cuestionamiento y
ruptura de esas normas hostiles a las necesidades e intereses de la
mayoría ha introducido importantes fisuras a través de la acción
colectiva y de prácticas sociales no hegemónicas, que tratan de hacer
más inclusiva la ciudadanía para mujeres y hombres, y de la que hay
multitud de ejemplos. Puesto que, frente a posibles lecturas lineales,
no está de más señalar que, con esas limitaciones, la articulación de
derechos y la formación de identidades colectivas no han sido cosas
otorgadas. Muy al contrario, se han logrado a través de fuertes
conflictos sociales y políticos protagonizados por distintos sujetos,
cuyo liderazgo ha ido cambiando a lo largo de ese prolongado proceso.
Cuando el Estado abandona el bien-estar
El
Estado del Bienestar como garante de un conjunto de servicios,
protecciones y derechos, como son la salud y la educación, es el marco
en el que el ejercicio de la ciudadanía adquiere sentido social porque
permite cierto nivel de generalización de derechos, al tiempo que
funciona como mecanismo de regulación de las sucesivas crisis
económicas. Pero la crisis financiera le ha dado la puntilla y ha caído
rendido a la avaricia de los mercados.
Cuando se llega a una
crisis de la envergadura de la presente, lejos de funcionar como Estado
del bienestar, pasa a hacerlo, más que nunca, como instrumento de
legitimación de las desigualdades al socializar las pérdidas
económico-financieras repercutiéndolas sobre quienes o las han generado.
Y eso, como es bien conocido, supone arrebatar derechos e ingresos,
privatizar, quitar prestaciones, suprimir ayudas, establecer formas de
beneficencia para las situaciones más extremas de exclusión y reformular
el propio derecho al trabajo, eje de inclusión (y exclusión) social por
excelencia. En realidad se está produciendo un cuestionamiento del
propio concepto de derechos sociales.
Estamos viendo cómo el
discurso neoliberal trata de convertir los derechos básicos en
privilegios (por ejemplo, tener un contrato fijo) que defienden quienes
lo tienen –como expresión del egoísmo del individuo–, contra los que
tienen que levantarse quienes no gozan de ellos. Una interpretación en
abierta confrontación con la lógica que persigue la extensión y
universalidad de los derechos.
El pensamiento neoliberal intenta
que la comunidad se someta a la dependencia de la lógica del mercado e
imponer, al menor coste posible, una resignificación de los valores. Por
eso, en vez de hablar de ciudadanía social, se habla de responsabilidad
personal, en lugar de derechos, se habla de sentimientos. Todo ello
resulta enormemente funcional para legitimar y encubrir el empeño por la
reprivatización de las necesidades y la disolución de los lazos
sociales como paso previo para arrasar con “lo público”.
Tomando
nuevamente como ejemplo la situación de las mujeres y de las y los
inmigrantes se puede ver cómo opera este mecanismo. La vuelta a la
naturalización de las desigualdades supone, por ejemplo, profundizar en
los estereotipos de género que consideran atributos propios de las
mujeres los que llevan a responsabilizarlas del trabajo de cuidados,
exonerando tanto al Estado de los servicios públicos imprescindibles
como a los varones de su obligada corresponsabilidad.
Por otra
parte, la culturización extrema de las desigualdades sociales lleva al
desarrollo de actitudes y expresiones xenófobas y racistas como
recientemente se han expresado en el Estado español y a nivel europeo,
que encuentran en la inseguridad que genera la crisis un buen caldo de
cultivo. Se consolida así un paradigma basado en un atroz individualismo
competitivo, que busca deslegitimar los proyectos colectivos y la
universalidad real y efectiva de los derechos.
¿Dónde queda “lo público”?
Por
contradictorio que parezca con lo expuesto, el abandono de lo público
por parte del Estado se acompaña del llamamiento a la participación de
la “sociedad civil”, para que pase a ocupar un lugar protagonista en
cubrir las necesidades y protección que toda persona necesita.
En
un primer momento, se pudo pensar que la “onegeización” de parte de los
movimientos sociales podía ocupar ese espacio, mediante la prestación
de servicios precarizados y manteniendo una relación contractual con el
Estado. Pero parece evidente que esa opción va a estar cada vez más
supeditada, en estrecha concordancia con el ideario neoliberal, a la
privatización de los recursos y a una modalidad benéfica para quienes
estén en situación de máxima exclusión.
Y al final, siempre
queda la versátil institución familiar. Resulta llamativo que en 2006,
hace algo más de cinco años, se aprobara lo que el Gobierno denominó el
cuarto pilar del Estado del bienestar, a partir de la «ley de promoción
de la autonomía personal y atención a las personas en situación de
dependencia» [8]. Al no integrar los derechos de las personas que
necesitan atención con los derechos de las personas (mujeres)
cuidadoras, se acaba consolidando el sistema tradicional basado
fundamentalmente en la atención de las mujeres en el ámbito familiar.
Los datos son significativos. El 90% de las personas que dejaron sus
empleos para atender a terceros han sido mujeres y del total de recursos
asistenciales que contempla la ley, el 51% (de media a nivel estatal)
de los que se han puesto en marcha corresponden al pago a familiares
(85% mujeres) que atienden en el domicilio, a quienes se les ingresa
400-500 euros que no pueden complementar con otros ingresos.
Esta
ha sido la tendencia desde que se puso en marcha la ley, y sin entrar
en analizar su implementación y enormes límites, parece claro que va a
ser una de las víctimas propiciatorias de los recortes. Su derrumbe
supondrá una auténtica tragedia para las personas dependientes que
necesitan ser cuidadas y para quienes pasarán nuevamente a ser las
cuidadoras principales: las mujeres.
La tendencia a la
privatización de la reproducción social en el marco de las familias,
supone una involución en el proceso de autonomía de las mujeres. En
general es una forma fraudulenta de resolver la crisis de la
organización social de los cuidados, de legitimar la inhibición del
Estado de su responsabilidad, que se contrapone a la necesidad de
recuperar como objetivo el buen vivir como un bien común de todas y
todos.
Al tiempo que se viene abajo el carácter social de los
Estados que, debilitados por su sometimiento, como nunca, a los
intereses de los poderes financieros, necesitan reforzarse como
instrumentos privilegiados para legitimar las políticas que necesita el
capital. En consecuencia también las propias instituciones
“representativas” están sometidas a los dictados de los mercados, como
prueban los cambios de Constituciones y de gobiernos al margen y en
contra de cualquier proceso de participación democrática que se han
producido a finales de 2011.
En este momento el Estado lejos de
funcionar como Estado del bienestar pasa a hacerlo más que nunca como
legitimador de las desigualdades. En paralelo a su connivencia con la
violencia que introducen los mercados y las agresivas repercusiones
económicas y sociales del neoliberalismo, todo parece indicar que
también se va a reforzar su función coercitiva. Y frente a la idea
integradora asociada al Estado del bien-estar, el mal-estar social se va
a extender también por la represión de libertades individuales y
colectivas. A los Tratados internacionales y normativas, ya existentes
–de control de fronteras frente a las migraciones– habrá que sumar,
previsiblemente, un mayor control policial dentro del propio territorio,
y el reforzamiento de las vías penales para el control y la resolución
de los conflictos derivados de la exclusión e injusticia social.
“El
orden” con el que se amenaza al movimiento 15 M para reapropiarse del
espacio público y dificultar así el extraordinario ejercicio de
democracia puesto en práctica por ese movimiento, me parece un
esclarecedor ejemplo de los choques que se van a producir en el futuro
inmediato.
El mencionado abandono progresivo de “lo público” por
parte del Estado choca de plano con las movilizaciones que se vienen
sucediendo en este último año en defensa de la sanidad, la enseñanza y
de otros servicios públicos (como, por ejemplo, los centros de atención a
mujeres maltratadas). Es una respuesta diáfana a la tentación de
aceptar de alguna forma como inevitable, o incluso dar por buena, la
retirada del Estado de lo que, en la experiencia social de varias
generaciones, se ha entendido como su obligación “solidaria”. No hay
forma de garantizar la universalidad de prestaciones que requiere el
derecho a la educación, a la atención a la salud y a la enfermedad, o a
la dependencia, si no es mediante algún tipo de vínculo contractual con
el Estado.
Como plantea Castel [9] prescindir totalmente de los
sistemas de protección es volver al estado de naturaleza, a un estado de
inseguridad total. La puesta en cuestión de las protecciones no puede
conducir a su supresión, sino a su reformulación en la nueva coyuntural.
Esta reformulación necesitará de un margen muy amplio para
generar procesos y fórmulas de autogestión, como una garantía para que
elementos de lo que realmente es común para todas y todos ocupen el
centro de la vida, la economía y la política. Pero hoy no supone una
alternativa global a las protecciones anteriormente elaboradas.
Tampoco
es posible otorgar al Estado del bienestar el papel benefactor, de
tutelaje y protección, que ya no puede cumplir ni en su versión
anterior, y que usurparía cualquier posibilidad de salidas claras,
anticapitalistas y de autogestión a la crisis actual. Y para darle mayor
complejidad a la situación habría que incluir el necesario
desenmascaramiento del discurso societario del neoliberalismo que, bajo
el reclamo de participación de la sociedad, justifica su retirada de la
prestación de servicios universales a las personas.
La
complejidad de la situación actual, en la que aparecen claras las
tendencias principales pero se desconoce su alcance y concreción, deja
abiertas muchas puertas y hace más necesaria la escucha de voces
plurales (o sujetos sociales). Voces de quienes están expresando
abiertamente su rechazo a los efectos de esta crisis sistémica.
La
progresiva reducción de la ciudadanía a una función tributaria del
Estado del malestar, ha chocado con la irrupción de quienes quieren
poner en marcha una ciudadanía radical en todos sus sentidos y
dimensiones, individuales y colectivos (que puede dar lugar incluso a
otro concepto). Me refiero particularmente al movimiento del 15 M, que
en el ejercicio de una democracia participativa, horizontal y
autogestionada supone un impulso inusitado a la resistencia social y a
la voluntad de ver futuro.
La definición y defensa de “lo común”
El
15 M, los movimientos feministas, ecologistas, anticapitalistas, viejos
y nuevos movimientos, han puesto sobre la mesa las urgencias
ecológicas, las derivadas de la interculturalidad, de la disputa por la
igualdad, autonomía y libertad de las mujeres, del reconocimiento de las
identidades múltiples, de la precarización del trabajo asalariado y de
una larga serie de urgencias más.
Atender esos discursos y
propuestas tiene una especial relevancia porque lo que plantean afecta
al contenido mismo de la vida en común. Realizan un proceso colectivo de
reinterpretación de la realidad y de formulación de nuevos valores, que
convierte en problemas sociales y políticos de atención y actuación
general, condiciones sociales que habían pasado inadvertidas hasta el
momento.
Tomaré dos ejemplos entre los cientos que se podría
elegir. El primero, tiene que ver con la propuesta que se formula desde
el ecologismo para frenar el cambio climático, que requiere un cambio
radical del modelo energético, de los niveles de consumo y de la propia
ordenación del territorio en el que vivimos. El segundo, se refiere a
las propuestas del feminismo para frenar la violencia machista en todas
sus manifestaciones, como requisito previo para hablar de sostenibilidad
social, del bienestar de todas y todos. Lo que se podría extender a la
propuesta de situar también en el centro de los análisis e iniciativas
económicas, políticas y sociales todos los trabajos que permiten dicho
bienestar.
La proclama que levantó el feminismo en los años
setenta, «lo personal es político», resulta significativa en ese
sentido. Supone un cuestionamiento de la forma tradicional de definir lo
que es de interés general (que incluye a quiénes lo definen), al
plantear en la agenda pública problemas y situaciones pertenecientes al
ámbito privado, invisibilizadas hasta el momento y sujetas a relaciones
de poder patriarcales.
Rescato fundamentalmente este aspecto,
porque bien es verdad que ese lema podría admitir la interpretación del
interés por elevar la exigencia de intervención del Estado a todos los
ámbitos de la vida privada, con el consiguiente efecto de
normativización asfixiante de aspectos que no lo requieren. Es decir, se
podría entender que cae en la defensa de la intervención del Estado,
las leyes y jueces para la resolución de todo tipo de conflictos
sociales.
Hecha la aclaración, resulta relevante el proceso que
desde entonces se estableció y que se podría sintetizar como la
politización de los problemas y necesidades, en este caso de las mujeres
pero obviamente extensible a otros sujetos. Justo lo contrario de lo
que ahora pretende el neoliberalismo que es su devolución al ámbito de
lo privado, a una reprivatización de las necesidades y de la resolución
de los conflictos, sean de la naturaleza que sean.
Lo común no
es algo dado y existe una multiplicidad de visiones y propuestas,
porque, tal y como señala Eleni Varikas, la manera como se perciben los
problemas y las soluciones está mediada por nuestras distintas
posiciones en la sociedad, las distintas identidades y pertenencias de
grupo, por más que estas y estos sean abiertos y llenos de mixturas,
cambiantes y contingentes y en modo alguno homogéneas y esenciales.
Desde
el feminismo se ha abordado recurrente y ampliamente los debates
entorno al sujeto. Y la pluralidad de expresiones feministas, muchas de
ellas consideradas fronterizas por encontrarse en el cruce de
identidades, han puesto el acento en la importancia de buscar la
interacción entre los distintos ejes de subordinación, para comprender y
articular una contestación a las complejas y diferentes manifestaciones
que adopta el sexismo según contextos sociales, culturales, económicos y
simbólicos. Esto ha dado origen a una importante corriente que analiza
el género desde la perspectiva de clase, etnia y sexo, y plantea la
necesidad de que quienes se articulan en torno a otros ejes analicen la
clase, la etnia o la sexualidad desde la perspectiva del género.
Partir
de esa multiplicidad de identidades y sujetos supondría poner sobre la
mesa las perspectivas específicas (y cambiantes) que pueden tener
distintos grupos sociales, y que derivan de unas particulares relaciones
de dominación (sea patriarcal, racista, de relación con la naturaleza o
de clase). Establecer lo que se considera común, los derechos, su
universalidad, cómo se ejercen, en definitiva, la forma de atender y
resolver las necesidades individuales y colectivas y los problemas de la
vida en común, requiere procesos complejos de argumentación,
intercambio, de consenso y negociación que también incluye la
confrontación entre esas perspectivas múltiples.
La búsqueda de
vías autónomas al paradigma capitalista y neoliberal está abierta, y un
incipiente pero potente movimiento de base, tanto de ideas como de
acción, está dejando clara su apuesta por una ciudadanía (o como
finalmente se acabe denominando) inclusiva y horizontal. En este largo
camino, valores como la convivencia, la solidaridad, el apoyo mutuo y la
reciprocidad podrían ir dando cuerpo a formas compartidas de entender y
situarse en el mundo, que legitimen la acción colectiva de
cuestionamiento de las supuestas “verdades” que el sistema persiste en
presentar. Una premisa para deslegitimarlo y para pensar en alternativas
globales.
Notas:
[1] Intervención de J. Montero
en «El Estado de la nación», jornada de debate organizada por el 15 M,
Puerta del Sol, Madrid, julio 2011.
[2] R. Castel, L’insécurité sociale. Qu’est-ce qu’être protege, La republique des idées, Editions du Seuil, París, 2003.
[3] Categorías atravesadas también por las diferencias de género.
[4] S. Benhabid, Los derechos de los otros. Extranjeros, residentes y ciudadanos, Gedisa, Barcelona, 2005.
[5] Se utiliza el término “norma” en su acepción amplia no necesariamente jurídica, sino en el sentido general de norma social.
[6] Para profundizar en este tema véase, Á. Ramírez, La trampa del velo, Los Libros de la Catarata, Madrid, 2011.
[7] E. Varikas, «¿Una ciudadanía “como mujer”? Paridad versus igualdad», Viento Sur, núm. 52, 2000.
[8] Ley 39/2006 de 14 diciembre. Más conocida como “ley de dependencia”.
[9] R. Castel, L’insécurité sociale. Qu’est-ce qu’être protege, La republique des idées, Editions du Seuil, Parí, 2003.
Justa Montero Corominas es magíster en género y políticas de igualdad y en inmigración refugio y relaciones intercomunitarias
La gran regresión
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Ignacio Ramonet, Le Monde Diplomatique
Está claro que no existe, en el seno de
la Unión Europea (UE), ninguna voluntad política de plantarle cara a los
mercados y resolver la crisis. Hasta ahora se había atribuido la
lamentable actuación de los dirigentes europeos a su desmesurada
incompetencia. Pero esta explicación (justa) no basta, sobre todo
después de los recientes “golpes de Estado financieros” que han puesto
fin, en Grecia y en Italia, a cierta concepción de la democracia. Es
obvio que no se trata sólo de mediocridad y de incompetencia, sino de
complicidad activa con los mercados.
¿A qué llamamos “mercados”? A ese
conjunto de bancos de inversión, compañías de seguros, fondos de pensión
y fondos especulativos (hedge funds) que compran y venden esencialmente cuatro tipos de activos: divisas, acciones, bonos de los Estados y productos derivados.
Para tener una idea de su colosal fuerza
basta comparar dos cifras: cada año, la economía real (empresas de
bienes y de servicios) crea, en todo el mundo, una riqueza (PIB)
estimada en unos 45 billones (1) de euros. Mientras que, en el mismo
tiempo, a escala planetaria, en la esfera financiera, los “mercados”
mueven capitales por un valor de 3.450 billones de euros. O sea, setenta
y cinco veces lo que produce la economía real…
Consecuencia: ninguna economía nacional,
por poderosa que sea (Italia es la octava economía mundial), puede
resistir los asaltos de los mercados cuando éstos deciden atacarla de
forma coordinada, como lo están haciendo desde hace más de un año contra
los países europeos despectivamente calificados de PIIGS (cerdos, en
inglés): Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España.
Lo peor es que, contrariamente a lo que
podría pensarse, esos “mercados” no son únicamente fuerzas exóticas
venidas de algún horizonte lejano a agredir nuestras gentiles economías
locales. No. En su mayoría, los “atacantes” son nuestros propios bancos
europeos (esos mismos que, con nuestro dinero, los Estados de la UE
salvaron en 2008). Para decirlo de otra manera, no son sólo fondos
estadounidenses, chinos, japoneses o árabes los que están atacando
masivamente a algunos países de la zona euro.
Se trata, esencialmente, de una agresión
desde dentro, venida del interior. Dirigida por los propios bancos
europeos, las compañías europeas de seguros, los fondos especulativos
europeos, los fondos europeos de pensiones, los establecimientos
financieros europeos que administran los ahorros de los europeos. Ellos
son quienes poseen la parte principal de la deuda soberana europea (2). Y
quienes, para defender –en teoría– los intereses de sus clientes,
especulan y hacen aumentar los tipos de interés que pagan los Estados
por endeudarse, hasta llevar a varios de éstos (Irlanda, Portugal,
Grecia) al borde de la quiebra. Con el consiguiente castigo para los
ciudadanos que deben soportar las medidas de austeridad y los brutales
ajustes decididos por los gobiernos europeos para calmar a los
“mercados” buitres, o sea a sus propios bancos…
Estos establecimientos, por lo demás,
consiguen fácilmente dinero del Banco Central Europeo al 1,25% de
interés, y se lo prestan a países como, por ejemplo, España o Italia, al
6,5%… De ahí la importancia desmesurada y escandalosa de las tres
grandes agencias de calificación (Fitch Ratings, Moody’s y Standard
& Poor’s) pues de la nota de confianza que atribuyen a un país (3)
depende el tipo de interés que pagará éste por obtener un crédito de los
mercados. Cuanto más baja la nota, más alto el tipo de interés.
Estas agencias no sólo suelen equivocarse, en particular en su opinión sobre las subprimes que
dieron origen a la crisis actual, sino que, en un contexto como el de
hoy, representan un papel execrable y perverso. Como es obvio que todo
plan de austeridad, de recortes y ajustes en el seno de la zona euro se
traducirá en una caída del índice de crecimiento, las agencias de
calificación se basan en ello para degradar la nota del país.
Consecuencia: éste deberá dedicar más dinero al pago de su deuda. Dinero
que tendrá que obtener recortando aún más sus presupuestos. Con lo cual
la actividad económica se reducirá inevitablemente así como las
perspectivas de crecimiento. Y entonces, de nuevo, las agencias
degradarán su nota…
Este infernal ciclo de “economía de
guerra” explica por qué la situación de Grecia se ha ido degradando tan
drásticamente a medida que su gobierno multiplicaba los recortes e
imponía una férrea austeridad. De nada ha servido el sacrificio de los
ciudadanos. La deuda de Grecia ha bajado al nivel de los bonos basura.
De ese modo los mercados han obtenido lo
que querían: que sus propios representantes accedan directamente al
poder sin tener que someterse a elecciones. Tanto Lucas Papademos,
primer ministro de Grecia, como Mario Monti, Presidente del Consejo de
Italia, son banqueros. Los dos, de una manera u otra, han trabajado para
el banco estadounidense Goldman Sachs, especializado en colocar hombres
suyos en los puestos de poder (4). Ambos son asimismo miembros de la
Comisión Trilateral.
Estos tecnócratas deberán imponer, cueste
lo que cueste socialmente, en el marco de una “democracia limitada”,
las medidas (más privatizaciones, más recortes, más sacrificios) que los
mercados exigen. Y que algunos dirigentes políticos no se han atrevido a
tomar por temor a la impopularidad que ello supone.
La Unión Europea es el último territorio
en el mundo en el que la brutalidad del capitalismo es ponderada por
políticas de protección social. Eso que llamamos Estado de bienestar.
Los mercados ya no lo toleran y lo quieren demoler. Esa es la misión
estratégica de los tecnócratas que acceden a las riendas del gobierno
merced a una nueva forma de toma de poder: el golpe de Estado
financiero. Presentado además como compatible con la democracia…
Es poco probable que los tecnócratas de
esta “era post-política” consigan resolver la crisis (si su solución
fuese técnica, ya se habría resuelto). ¿Qué pasará cuando los ciudadanos
europeos constaten que sus sacrificios son vanos y que la recesión se
prolonga? ¿Qué niveles de violencia alcanzará la protesta? ¿Cómo se
mantendrá el orden en la economía, en las mentes y en las calles? ¿Se
establecerá una triple alianza entre el poder económico, el poder
mediático y el poder militar? ¿Se convertirán las democracias europeas
en “democracias autoritarias”?
Notas
(1) Un billón = un millón de millones.
(2) En España, por ejemplo, el 45% de la
deuda soberana lo poseen los propios bancos españoles, y los dos tercios
del 55% restante, los detentan establecimientos financieros del resto
de la Unión Europea. Lo cual significa que el 77% de la deuda española
ha sido adquirida por europeos, y que sólo el 23% restante se halla en
manos de establecimientos extranjeros a la UE.
(3) La nota más elevada es AAA, que, a
finales de noviembre pasado, sólo poseían en el mundo algunos países:
Alemania, Australia, Austria, Canadá, Dinamarca, Francia, Finlandia,
Países Bajos, Reino Unido, Suecia y Suiza. La nota de Estados Unidos ha
sido degradada, en agosto pasado, a AA+. La de España es actualmente
AA-, idéntica a la de Japón y China.
(4) En Estados Unidos, Goldman Sachs ya
consiguió colocar, por ejemplo, a Robert Rubin como Secretario del
Tesoro del Presidente Clinton, y a Henry Paulson en esa misma función en
el gabinete de George W. Bush. El nuevo presidente del Banco Central
Europeo, Mario Draghi, fue también vicepresidente de Goldman Sachs para
Europa de 2002 a 2005.
Quién es quién (en la crisis)
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Bien, qué casualidad, todos de la mano de Goldman Sachs. Los que crearon la crisis se presentan ahora como la única opción viable para salir de la misma, en lo que la prensa estadounidense está empezando a llamar "El gobierno de Goldman Sachs en Europa". Se tiende a querer hacernos pensar que la crisis ha sido una especie de resbalón, pero la realidad apunta a que detrás de ella hay una voluntad perfectamente orquestada de hacerse con el poder directo en nuestro continente, en una maniobra sin precedentes en la Europa del siglo XXI. La estrategia de los grandes bancos de inversión y agencias de calificación es una variante de otras llevadas a cabo anteriormente en otros continentes, se viene desarrollando desde el inicio de la crisis y está desde mi punto de vista está siendo la siguiente:
Quién es quién (en la crisis)
Jesús Rodríguez Barrio- ¿Quienes son Lucas Papademos (actual dirigente Griego tras la dimisión de Papandreu) y Mariano Monti (ahora al frente del gobierno italiano)?
- ¿Quien es Mario Draghi (actual presidente del Banco Central Europeo)?
- ¿Que es Goldman Sachs?
- Goldman Sachs: es uno de los mayores bancos de inversión mundial y co-responsable directo, junto otras entidades como la agencia de calificación Moody's, de la crisis actual, y uno de sus mayores benficiarios. Sólo a modo de pincelada, en 2007 ganaron 4 mil millones de dólares en operaciones que desembocaron en el desastre actual. ¿Como lo hicieron? Animaron a los inversores a invertir en productos sub-prime que sabían que era productos basura, y al mismo tiempo se dedicaron a "apostar" en bolsa por el fracaso de los mismos. Eso es solo la punta del iceberg, y está muy documentado, podéis investigarlo. Mientras leéis este e-mail se están forrando a base de especulación sobre las deudas soberanas.
- Papademos: Actual primer ministro griego, tras la dimisión Papandreu. No elegido por el pueblo. - ex-gobernador del Banco de la Reserva Federal de Boston entre 1993 y 1994. - vicepresidente del Banco Central Europeo de 2002 a 2010. - Miembro de la Comisión Trilateral desde 1998, fundada por Rockefeller, lobby neo-liberal (se dedican a comprar políticos a cambio de sobornarles) - ex-Gobernador del Banco de Central Grecia entre 1994 y 2002. Falseó las cuentas de déficit público del país con la ayuda activa de Goldman Sachs, lo que condujo en gran parte e la actual crisis que sufre el país.
- Mariano Monti: Actual primer ministro de Italia tras la dimisión de Berlusconi. No elegido por el pueblo. - ex director europeo de la Comisión Trilateral antes mencionada. - ex-miembro del equipo directivo del grupo Bilderberg. - asesor de Goldman Sachs durante el periodo en que ésta ayudó a ocultar el déficit del gobierno griego.
- Mario Draghi: Actual presidente del Banco Central Europeo en sustitución de Jean-Claude Trichet. - Ex-director ejecutivo de del Banco Munidal entre 1985 y 1990. - Vicepresidente por Europa de Goldman Sachs entre 2002 y 2006, periodo en que se realizó el falseo antes mencionado.
Bien, qué casualidad, todos de la mano de Goldman Sachs. Los que crearon la crisis se presentan ahora como la única opción viable para salir de la misma, en lo que la prensa estadounidense está empezando a llamar "El gobierno de Goldman Sachs en Europa". Se tiende a querer hacernos pensar que la crisis ha sido una especie de resbalón, pero la realidad apunta a que detrás de ella hay una voluntad perfectamente orquestada de hacerse con el poder directo en nuestro continente, en una maniobra sin precedentes en la Europa del siglo XXI. La estrategia de los grandes bancos de inversión y agencias de calificación es una variante de otras llevadas a cabo anteriormente en otros continentes, se viene desarrollando desde el inicio de la crisis y está desde mi punto de vista está siendo la siguiente:
1. Hundimos a los países mediante la especulación en bolsa/mercado. Los
volvemos locos de miedo a lo que dirán los mercados, que nosotros
controlamos, cada día.
2. Los obligamos a recurrir a préstamos para mantenerlos en Status Quo, o
"salvarlos". Estos préstamos están estrictamente calculados para que
los países no los puedan pagar, como es el caso de Grecia que no podría
haber cubierto su deuda ni aunque su gobierno vendiera el país entero, y
no es ninguna metáfora, es matemática.
3. Exigimos recortes sociales y privatizaciones en detrimento de los
ciudadanos, bajo la amenaza de que si los gobiernos no los llevan a
cabo, los inversores se retirarán por miedo a no poder recuperar el
dinero invertido en la deuda de esos países y demás inversiones.
4. Se crea un altísimo nivel de descontento social, propicio para que el
pueblo, ya sonado, accepte cualquier cosa con tal de salir de la
situación.
5. Colocamos a nuestros hombres donde mejor convenga.
Parece ciencia ficción, pero este tipo de estrategias están
perfectamente documentadas y se han venido utilizando con distintas
variantes a lo largo el siglo XX y XXI en otros países, notablemente en
latinoamérica por parte de los EEUU cuando se dedicaban, y se siguen
dedicando en la medida que pueden, a asfixiar económicamente mediante la
deuda exterior por ejemplo a países de América Central, para crear
descontento social y aprovecharlo para colocar a dirigentes afines a sus
intereses.
Ahora esto está pasando en Europa, y ya no es que lo haga EEUU, sino que
lo hace la industria financiera internacional. Y lo que está ocurriendo
bajo la mirada impotente y/o cómplice de nuestros gobiernos es el mayor
robo jamás realizado en la historia de la humanidad y a escala
planetaria, son golpes de estado, y violaciones flagrantes de la
soberanía de los estados y sus pueblos.
Economía de guerra. La gran regresión.
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La gran regresión
Está claro que no
existe, en el seno de la Unión Europea (UE), ninguna voluntad política
de plantarle cara a los mercados y resolver la crisis. Hasta ahora se
había atribuido la lamentable actuación de los dirigentes europeos a su
desmesurada incompetencia. Pero esta explicación (justa) no basta, sobre
todo después de los recientes “golpes de Estado financieros” que han
puesto fin, en Grecia y en Italia, a cierta concepción de la democracia.
Es obvio que no se trata sólo de mediocridad y de incompetencia, sino
de complicidad activa con los mercados.
¿A qué llamamos
“mercados”? A ese conjunto de bancos de inversión, compañías de seguros,
fondos de pensión y fondos especulativos (hedge funds) que compran y venden esencialmente cuatro tipos de activos: divisas, acciones, bonos de los Estados y productos derivados
.
Para tener una idea de su colosal fuerza basta comparar dos cifras:
cada año, la economía real (empresas de bienes y de servicios) crea, en
todo el mundo, una riqueza (PIB) estimada en unos 45 billones (1) de
euros. Mientras que, en el mismo tiempo, a escala planetaria, en la
esfera financiera, los “mercados” mueven capitales por un valor de 3.450
billones de euros. O sea, setenta y cinco veces lo que produce la
economía real...
Consecuencia: ninguna economía nacional,
por poderosa que sea (Italia es la octava economía mundial), puede
resistir los asaltos de los mercados cuando éstos deciden atacarla de
forma coordinada, como lo están haciendo desde hace más de un año contra
los países europeos despectivamente calificados de PIIGS (cerdos, en
inglés): Portugal, Irlanda, Italia, Grecia y España.
Lo
peor es que, contrariamente a lo que podría pensarse, esos “mercados” no
son únicamente fuerzas exóticas venidas de algún horizonte lejano a
agredir nuestras gentiles economías locales. No. En su mayoría, los
“atacantes” son nuestros propios bancos europeos (esos mismos que, con
nuestro dinero, los Estados de la UE salvaron en 2008). Para decirlo de
otra manera, no son sólo fondos estadounidenses, chinos, japoneses o
árabes los que están atacando masivamente a algunos países de la zona
euro.
Se trata, esencialmente, de una agresión desde
dentro, venida del interior. Dirigida por los propios bancos europeos,
las compañías europeas de seguros, los fondos especulativos europeos,
los fondos europeos de pensiones, los establecimientos financieros
europeos que administran los ahorros de los europeos. Ellos son quienes
poseen la parte principal de la deuda soberana europea (2). Y quienes,
para defender –en teoría– los intereses de sus clientes, especulan y
hacen aumentar los tipos de interés que pagan los Estados por
endeudarse, hasta llevar a varios de éstos (Irlanda, Portugal, Grecia)
al borde de la quiebra. Con el consiguiente castigo para los ciudadanos
que deben soportar las medidas de austeridad y los brutales ajustes
decididos por los gobiernos europeos para calmar a los “mercados”
buitres, o sea a sus propios bancos...
Estos
establecimientos, por lo demás, consiguen fácilmente dinero del Banco
Central Europeo al 1,25% de interés, y se lo prestan a países como, por
ejemplo, España o Italia, al 6,5%... De ahí la importancia desmesurada y
escandalosa de las tres grandes agencias de calificación (Fitch
Ratings, Moody’s y Standard & Poor’s) pues de la nota de confianza
que atribuyen a un país (3) depende el tipo de interés que pagará éste
por obtener un crédito de los mercados. Cuanto más baja la nota, más
alto el tipo de interés.
Estas agencias no sólo suelen equivocarse, en particular en su opinión sobre las subprimes que
dieron origen a la crisis actual, sino que, en un contexto como el de
hoy, representan un papel execrable y perverso. Como es obvio que todo
plan de austeridad, de recortes y ajustes en el seno de la zona euro se
traducirá en una caída del índice de crecimiento, las agencias de
calificación se basan en ello para degradar la nota del país.
Consecuencia: éste deberá dedicar más dinero al pago de su deuda. Dinero
que tendrá que obtener recortando aún más sus presupuestos. Con lo cual
la actividad económica se reducirá inevitablemente así como las
perspectivas de crecimiento. Y entonces, de nuevo, las agencias
degradarán su nota...
Este infernal ciclo de “economía de
guerra” explica por qué la situación de Grecia se ha ido degradando tan
drásticamente a medida que su gobierno multiplicaba los recortes e
imponía una férrea austeridad. De nada ha servido el sacrificio de los
ciudadanos. La deuda de Grecia ha bajado al nivel de los bonos basura.
De ese modo los mercados han obtenido lo que querían: que sus propios
representantes accedan directamente al poder sin tener que someterse a
elecciones. Tanto Lucas Papademos, primer ministro de Grecia, como Mario
Monti, Presidente del Consejo de Italia, son banqueros. Los dos, de una
manera u otra, han trabajado para el banco estadounidense Goldman
Sachs, especializado en colocar hombres suyos en los puestos de poder
(4). Ambos son asimismo miembros de la Comisión Trilateral.
Estos tecnócratas deberán imponer, cueste lo que cueste socialmente, en
el marco de una “democracia limitada”, las medidas (más
privatizaciones, más recortes, más sacrificios) que los mercados exigen.
Y que algunos dirigentes políticos no se han atrevido a tomar por temor
a la impopularidad que ello supone.
La Unión Europea es el
último territorio en el mundo en el que la brutalidad del capitalismo
es ponderada por políticas de protección social. Eso que llamamos Estado
de bienestar. Los mercados ya no lo toleran y lo quieren demoler. Esa
es la misión estratégica de los tecnócratas que acceden a las riendas
del gobierno merced a una nueva forma de toma de poder: el golpe de
Estado financiero. Presentado además como compatible con la
democracia...
Es poco probable que los tecnócratas de esta
“era post-política” consigan resolver la crisis (si su solución fuese
técnica, ya se habría resuelto). ¿Qué pasará cuando los ciudadanos
europeos constaten que sus sacrificios son vanos y que la recesión se
prolonga? ¿Qué niveles de violencia alcanzará la protesta? ¿Cómo se
mantendrá el orden en la economía, en las mentes y en las calles? ¿Se
establecerá una triple alianza entre el poder económico, el poder
mediático y el poder militar? ¿Se convertirán las democracias europeas
en “democracias autoritarias”?
Notas
(1) Un billón = un millón de millones.
(2) En España, por ejemplo, el 45% de la deuda soberana lo poseen los
propios bancos españoles, y los dos tercios del 55% restante, los
detentan establecimientos financieros del resto de la Unión Europea. Lo
cual significa que el 77% de la deuda española ha sido adquirida por
europeos, y que sólo el 23% restante se halla en manos de
establecimientos extranjeros a la UE.
(3) La nota más
elevada es AAA, que, a finales de noviembre pasado, sólo poseían en el
mundo algunos países: Alemania, Australia, Austria, Canadá, Dinamarca,
Francia, Finlandia, Países Bajos, Reino Unido, Suecia y Suiza. La nota
de Estados Unidos ha sido degradada, en agosto pasado, a AA+. La de
España es actualmente AA-, idéntica a la de Japón y China.
(4) En Estados Unidos, Goldman Sachs ya consiguió colocar, por ejemplo, a
Robert Rubin como Secretario del Tesoro del Presidente Clinton, y a
Henry Paulson en esa misma función en el gabinete de George W. Bush. El
nuevo presidente del Banco Central Europeo, Mario Draghi, fue también
vicepresidente de Goldman Sachs para Europa de 2002 a 2005.
Cambiar el sistema
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Ignacio Ramonet, Le Monde Diplomatique.
Cambiar el sistema
Ignacio Ramonet, Le Monde Diplomatique.
Los eurófilos más
extasiados lo machacan sin cesar: si no dispusiéramos del euro, dicen,
las consecuencias de la crisis serían peores para muchos países
europeos. Divinizan un euro “fuerte y protector”. Es su doctrina y la
defienden fanáticamente. Pero lo cierto es que tendrían que explicarles a
los griegos (y a los irlandeses, a los portugueses, a los españoles, a
los italianos y a tantos otros ciudadanos europeos vapuleados por los
planes de ajuste) qué entienden por “consecuencias peores”... De hecho,
estas consecuencias son ya tan insoportables socialmente que, en varios
países de la eurozona, está subiendo, y no sin argumentos, una radical
hostilidad hacia la moneda única y hacia la propia Unión Europea (UE).
No les falta razón a estos indignados.
Porque el euro, moneda de 17 países y de sus 350 millones de
habitantes, es una herramienta con un objetivo: la consolidación de los
dogmas neoliberales (1) en los que se fundamenta la UE. Estos
dogmas, que el Pacto de Estabilidad (1997) ratifica y que el Banco
Central Europeo (BCE) sanciona, son esencialmente tres: estabilidad de
los precios, equilibrio presupuestario y estímulo de la competencia.
Ninguna preocupación social, ningún propósito de reducir el paro,
ninguna voluntad de garantizar el crecimiento, y obviamente ningún
empeño en defender el Estado del bienestar.
Con la
vorágine actual, los ciudadanos van entendiendo que tanto el corsé de la
Unión Europea, como el propio euro, han sido dos añagazas para hacerles
entrar en una trampa neoliberal de la que no hay fácil salida. Se
hallan ahora en manos de los mercados porque así lo han querido
explícitamente los dirigentes políticos (de izquierda y derecha) que,
desde hace tres decenios, edifican la Unión Europea. Ellos han
organizado sistemáticamente la impotencia de los Estados con el fin de
conceder cada vez más espacio y mayor margen de maniobra a mercados y
especuladores.
Por eso se decidió (a insistencia de Alemania) que el BCE fuese “totalmente independiente” de los Gobiernos (2).
Lo cual concretamente significa que queda fuera del perímetro de la
democracia. De ese modo, ni los ciudadanos ni los Gobiernos elegidos por
éstos pueden entorpecer sus opciones liberales.
Hoy,
esas características (impotencia de los políticos, independencia del
BCE) son en parte responsables de la incapacidad europea para resolver
el drama de la deuda griega. La otra causa es que, bajo su aparente
unidad, la UE (en este caso particular la eurozona) está profundamente
dividida en dos bandos casi irreconciliables: por una parte, Alemania y
su área de influencia (Benelux, Austria y Finlandia); por la otra:
Francia, Italia, España, Irlanda, Portugal y Grecia.
El
origen de la deuda griega (como el de la de los demás países
periféricos afectados por la crisis de la deuda soberana, incluida
España) es conocido. Cuando Grecia fue admitida en la zona euro (3),
las instituciones financieras consideraron inmediatamente que este
pequeño Estado presentaba, a pesar de su evidente fragilidad y de sus
escasos recursos, todas las garantías necesarias para recibir créditos
masivos y baratos. Llovieron sobre Atenas ofertas de financiación a
tipos de interés de ganga, en particular por parte de bancos alemanes y
franceses que incitaron a los gobernantes helenos a endeudarse a bajo
coste y a largo plazo para adquirir principalmente material militar (4) alemán y francés...
Cuando estalla la crisis financiera de 2008 (llamada “de las subprimes”),
ésta se extiende rápidamente al sector bancario europeo. Los
establecimientos financieros carecen pronto de liquidez y restringen
drásticamente el crédito. Lo que amenaza con asfixiar el conjunto de la
economía. Para evitarlo, los Estados ayudan masivamente a la banca. Y la
salvan. Para ello se endeudan aún más comprando dinero en el mercado
internacional (ya que el BCE se niega a ayudarlos). Ahí, de repente,
intervienen las agencias de calificación que sancionan el excesivo
endeudamiento de los Estados (¡realizado para salvar a los bancos!)...
Inmediatamente los tipos de interés de los préstamos a los Estados más
endeudados se disparan... Y se produce la crisis de la deuda soberana.
En
sí misma, la deuda griega es insignificante si se tiene en cuenta que
el PIB de Grecia representa menos del 3% del PIB de la eurozona. El
problema, técnicamente, podía haberse resuelto hace ya más de un año sin
gran dificultad. Pero el gobierno conservador alemán, que enfrentaba
entonces unas complicadas elecciones locales (finalmente perdidas),
estimó que no sería moralmente justo que los griegos, acusados de
“corrupción” y de “laxismo”, saliesen tan rápidamente del mal paso.
Había que castigarlos para que no cundiese “el mal ejemplo”.
Una
ayuda demasiado rápida a Atenas, declaró Angela Merkel, “tiene el
efecto negativo de que otros países en dificultades podrían dejar de
hacer esfuerzos” (5). Por eso, con el apoyo de sus aliados, Berlín empezó a poner pegas de todo tipo. Dejando pasar los meses.
Plazo
que los mercados, excitados por el desacuerdo político europeo,
aprovecharon para cebarse en Grecia. Todo se complicó entonces.
Finalmente, Alemania acabó por aceptar un (incompleto) plan de ayuda con
una condición: que participase en él el Fondo Monetario Internacional
(FMI). ¿Por qué? Por dos razones. Primero porque se estimaba que las
instituciones europeas carecían de un verdugo lo suficientemente severo
para escarmentar a los griegos. Segundo, porque la especialidad del FMI,
desde hace cuarenta años, consiste en exigir siempre esfuerzos
antisociales a los países endeudados. Sus recetas (aplicadas con saña en
América Latina durante los años 1970 y 1980) son siempre las mismas:
alza de las tasas al consumo, recortes brutales de los presupuestos
públicos, estricto control de los salarios, privatizaciones masivas...(6).
El
Gobierno de Papandreu tuvo que resignarse a adoptar un salvaje plan de
austeridad. Pero el mal estaba hecho. El ritmo de la política europea es
lento y largo, cuando el de los mercados es inmediato. Los
especuladores entendieron que la Unión Europea era un gigante sin
cerebro político, y el euro una “moneda fuerte” con estructura débil (no
hay ejemplo en la historia, de una moneda que no esté encuadrada por
una autoridad política). Atacaron a Irlanda, pasó lo mismo y volvieron a
ganar. Atacaron a Portugal e ídem. Atacaron a España y a Italia, y los
Gobiernos de estos países se apresuraron a autoimponerse las impopulares
recetas del FMI.
Por toda Europa se extiende ahora la
“doctrina de la austeridad expansiva”, que sus propagandistas presentan
como un elixir económico universal cuando en realidad está causando un
estrepitoso daño social. Peor aún, esas políticas de recortes agravan la
crisis, asfixian a las empresas de todo tamaño al encarecer su
financiación, y entierran la perspectiva de una pronta recuperación
económica. Empujan a los Estados hacia la espiral de la autodestrucción,
sus ingresos se reducen, el crecimiento no arranca, el paro aumenta,
las (impresentables) agencias de calificación rebajan su nota de
confianza, los intereses de la deuda soberana aumentan, la situación
general empeora y los países vuelven a solicitar ayuda (7). Tanto
Grecia, como Irlanda y Portugal –los tres únicos Estados “ayudados”
hasta ahora por la Unión Europea (mediante el Fondo Europeo de
Estabilización) y el FMI– han sidos precipitados, por los que Paul
Krugman llama los “fanáticos del dolor” (8), a ese fatal tobogán.
Y
el “Pacto del euro”, establecido en marzo pasado, tampoco resuelve
nada. En realidad es una vuelta de tuerca suplementaria a la austeridad,
un acuerdo “de competitividad” que prevé más recortes del gasto
público, más medidas de disciplina fiscal, y penaliza principalmente –de
nuevo– a los asalariados. Con amenazas de sanciones a los Estados que
no cumplan el Pacto de Estabilidad (9). Propone la tutela de la
deuda pública y un ritmo fijo de reducción, o sea: una limitación de la
soberanía. “Los países europeos deben ser menos libres de emitir deuda”,
afirma, por ejemplo, Lorenzo Bini Smaghi, miembro del directorio del
BCE. Algunos eurócratas van más lejos, proponen que se le retire a un
gobierno que no haya respetado el Pacto de Estabilidad, la
responsabilidad de dirigir sus propias finanzas públicas...
Todo
esto es absurdo y nefando. El resultado es una sociedad europea
empobrecida en beneficio de la banca, de las grandes empresas y de la
especulación internacional. Por ahora la legítima protesta de los
ciudadanos se focaliza contra sus propios gobernantes, complacientes
marionetas de los mercados. ¿Qué pasará cuando se decidan a concentrar
su ira contra el verdadero responsable, o sea el sistema, es decir: la
Unión Europea?
(1) Definidos en los Tratados de Maastricht (1993), de Amsterdam (1999), de Niza (2003) y de Lisboa (2009).
(2) Entre otras limitaciones, el BCE no puede prestar dinero a los Estados, sólo a la banca privada.
(3)
Merced a un balance de su situación económica falseado y maquillado por
el anterior gobierno conservador con la ayuda del banco estadounidense
Goldman Sachs.
(4) Grecia es el principal importador de
material militar de la Unión Europea y el Estado que consagra a su
defensa (por razones de rivalidad con Turquía) el mayor porcentage de su
PIB.
(5) El País, Madrid, 18 de julio de 2011.
(6) Léase Philippe Askenazy, “L’austérité imposée à la Grèce, de Charybde en Scylla”, Le Monde, París, 19 de julio de 2011.
(7) Aunque
ha sido recibido con alivio por la prensa neoliberal, el nuevo plan de
rescate a Grecia, anunciado el pasado 21 de julio, de poco servirá. Los
mercados y los fondos buitres han olido la sangre y no detendrán sus
ataques mientras no se les frene con auténticos cambios estructurales.
(8) Paul Krugman, “Cuando la austeridad falla”, El País, Madrid, 24 de mayo de 2011.
(9) Que fija el límite para el déficit presupuestario en un 3% del PIB, y el de la deuda soberana en un 60% del PIB.
Crisis económica y "guerras" íntimamente relacionadas.
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Joan Carrero Saralegui Presidente de la Fundació s´Olivar.
Los errores que nos están conduciendo hacia el desastre. Si realmente ha llegado el turno de Siria, Irán y Asia Central, la peor crisis aún está por llegar.
Joan Carrero Saralegui Presidente de la Fundació s´Olivar.
En uno de los cables de Wikileaks, el embajador de Estados Unidos en Kirguizistán se refería a una reunión con varios hombres de negocios británicos y canadienses a la que asistió junto al príncipe británico Andrew, representante especial de comercio del Reino Unido en Medio Oriente y Asia Central. El príncipe afirmó con energía: hay que impedir la expansión económica y política de Rusia y China en Asia Central, Occidente debe ganar el Gran Juego. Al usar estas categorías, el príncipe está siguiendo al gran ideólogo-creador de la Comisión Trilateral, Zbigniew Brzezinski, inspirador también de presidentes como Jimmy Carter, Bill Clinton o Barack Obama. Desde hace años, en sus escritos no tiene ningún reparo en formular con toda claridad el objetivo del Gran Juego: dominar el Continente Euroasiático, al que el Continente Africano, con sus excepcionales recursos, está a su vez subordinado. Quien lo domine controlará el mundo.
Se permite tal franqueza en libros y publicaciones especializadas porque sabe bien que esta perturbadora realidad no tendrá impacto en la gran masa en tanto que los grandes medios, que las grandes corporaciones controlan, no le dediquen espacios relevantes. Tras leer decenas de miles de cables secretos, Julian Assange enuncia así la principal de las conclusiones a las que llegó: han conseguido la muerte, a escala mundial, de la sociedad civil. Estas poderosas élites están tan seguras de ello que ya nada los detiene. Ha llegado la hora de su jaque mate en África y el Gran Medio Oriente. Acaba el periodo que iniciaron a finales de 1990 con los ataques a Ruanda e Irak, enclaves privilegiados para el dominio del África Central y del Gran Medio Oriente. Todo lo teorizado por ellos desde hace años se está ya ejecutando: tras Irak, Congo, Sudán, Libia, etc. tienen su mirada puesta en Siria, Irán, Asia Central, etc. De momento la pieza mayor es Irán. La conquista de Siria es un paso previo para aislarlo, acosarlo y hacerlo caer. Además, tras la caída Libia y Siria en manos de Occidente, ni Rusia ni China tendrán ya ningún puerto “amigo” en el Mediterráneo.
Para otros expertos, el proceso está tan adelantado que estas élites, fundamentalmente anglosajonas, se atreverían ya a actuar directamente en Asia Central, en las fronteras mismas de China y Rusia. Aprovechando el encandilamiento del mundo frente a Barack Obama, están ya de hecho tomando decisiones que ni con Clinton ni con Bush se habían atrevido a tomar. En todo caso, muy buenos conocedores del complejo financiero-militar-industrial estadounidense alertan de que ya están muy avanzados los preparativos de un ataque a Irán, que incluye armamento dotado de cabezas nucleares. Durante la Guerra Fría entre los Estados Unidos y la Unión Soviética, la conciencia de que la destrucción mutua estaba asegurada en el caso de que estallase una guerra, fue un freno efectivo. Ahora losEstados Unidos están convencidos de poseer una tecnología militar tan sofisticada que les permite, por ejemplo, atravesar con armamento nuclear los búnkeres iraníes y controlar a la vez las consecuencias de tal ataque. El problema es que el ataque a Irán o a Pakistán será considerablemente diferente a los anteriores: nos llevará seguramente a las puertas de la Tercera Guerra Mundial.
La humanidad está al borde del abismo, pero nuestra sociedad está tan manipulada que es incapaz de comprender la conexión que existe entre los acontecimientos. Cree que las “lejanas” guerras no nos afectan directamente. Pero la crisis económica está íntimamente relacionada con ellas. Wall Street es el foco en el que se originó la crisis (gracias a que el “carismático” Bill Clinton desregularizó en el año 2000 los controles estrictos ya existentes sobre las políticas de supervisión de créditos e hipotecas de alto riesgo) y es también el financiador de la economía de guerra que exige al Departamento de Defensa inversiones cada vez más milmillonarias. Producen mareo las cifras de lo que ha costado, por ejemplo, la Guerra de Irak o las del rescate de los bancos, así como el impresionante listado de todos los proyectos sociales que se podrían haber realizado con tales cifras. Pero aunque los gastos de las guerras o los rescates bancarios los paga la sociedad, losbeneficios del petróleo y de la especulación sólo enriquecen, y de modo exorbitante, a unos pocos.
Si realmente ha llegado el turno de Siria, Irán y Asia Central, seguramente se avecina una crisis bélica, económica y medioambiental de una magnitud difícil de imaginar. A estas alturas, para quienes tienen interés en informarse es difícil dejar de ver que una reducida y poderosa élite occidental va tomando desde hace años, a puerta cerrada, unas decisiones económicas y militares cada vez más globales y totalitarias. Quienes crean que el proyecto de dominación de estas gentes no escomparable al del régimen nazi, puede escuchar las conversaciones en las que Nixon dice a Kissinger (durante el conflicto de Vietnam) que debe pensar por una vez a lo grande, que debe pensar en la bomba atómica. El totalitarismo, ahora plutocrático, nunca muere. Estas gentes perciben siempre la realidad de un modo absolutamente diferente al nuestro, son verdaderos psicópatas que no conocen la culpa. Para ellos, las incalculables y devastadoras consecuencias que conllevará su proyecto son meras estadísticas. Son a lo sumo daños colaterales, son los dolores del parto de su Nuevo Orden Mundial. Nada de todo esto estaría sucedido si no existiese un proyecto de dominación global, pero tampoco si la sociedad hubiese reaccionado. El régimen nazi por sí solo no habría podido llevar al mundo hacia el desastre. Durante el nazismo, Gandhi y Einstein calificaron al silencio de la gran masa de la gente buena de cómplice y espantoso. A pesar de todo, en línea con el Movimiento del 15 M, estoy convencido de que aún es posible revertir esta situación. En todo caso estamos éticamente obligados a oponernos a ella. Como causas de ese silencio que también hoy nos están conduciendo hacia el desastre, enumero cinco errores:
1º El desinterés por acceder a una información veraz sobre las causas y la gravedad de la situación. Lo que está sucediendo es mucho más grave de lo que nuestra sociedad cree y de lo que transmiten los grandes medios de comunicación. Pero la gente “no tiene tiempo” para informarse sobre quienes y porqué estándestrozando sus vidas.
2º El espejismo de que las “lejanas” y cada vez más numerosas guerras no nos afectan directamente. Nuestra sociedad prefiere no ver que la crisis económica está íntimamente relacionada con la economía de guerra en la que en realidad estamos.
3º La sensación de impotencia frente esta situación. Para estas élites la gran masa es ignorante, torpe y fácilmente manipulable. Y lo somos realmente si no nos informamos, si no superamos nuestra sensación de impotencia y si no empezamos ya a actuar en conciencia y por dignidad.
4º La ilusión de que es posible una política sin dignidad. La pura sumisión a “losmercados” no merece ser llamada política. Quienes, tras la publicación de miles decables de WikiLeaks, aún no se hayan enterado del grado de sumisión de los másaltos responsables de la política española a estos ambiciosos y belicosos lobbies que están llevando a nuestro mundo al borde del abismo, ya no pueden alegar “yo no lo sabía”. Pero a pocos de nuestros electores se les ocurre el condicionar su voto a la no colaboración de nuestros propios políticos nacionales con esos lobbies anglosajones depredadores y criminales.
5º La fantasía de que es posible la dignidad sin la política. Es curioso que circulen con tanta frecuencia en Internet campañas contra el despilfarro de los políticos y casi nadie nos recuerde que los sueldos de algunos altos ejecutivos son cuarenta veces los del político que más cobra. Las campañas de descrédito de la política (no de los políticos indignos sino de la política en sí misma) sólo hacen el juego a esos mismos clubes cuyo objetivo final no es otro que el de conseguir que los Estados (y por tanto la voluntad de los pueblos) queden totalmente supeditados a “los mercados”, es decir, a las directrices económicas cada vez más opresivas que nos imponen ellos.
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