Disculpen la molestia


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Eduardo Galeano

Quiero compartir algunas preguntas, moscas que me zumban en la cabeza.

¿Es justa la justicia? ¿Está parada sobre sus pies la justicia del mundo al revés?

El zapatista de Irak, el que arrojó los zapatazos contra Bush, fue condenado a tres años de cárcel. ¿No merecía, más bien, una condecoración?

¿Quién es el terrorista? ¿El zapatista o el zapateado? ¿No es culpable de terrorismo el serial killer que mintiendo inventó la guerra de Irak, asesinó a un gentío y legalizó la tortura y mandó aplicarla?

¿Son culpables los pobladores de Atenco, en México, o los indígenas mapuches de Chile, o los kekchíes de Guatemala, o los campesinos sin tierra de Brasil, acusados todos de terrorismo por defender su derecho a la tierra? Si sagrada es la tierra, aunque la ley no lo diga, ¿no son sagrados, también, quienes la defienden?

Según la revista Foreign Policy, Somalia es el lugar más peligroso de todos. Pero, ¿quiénes son los piratas? ¿Los muertos de hambre que asaltan barcos o los especuladores de Wall Street, que llevan años asaltando el mundo y ahora reciben multimillonarias recompensas por sus afanes?

¿Por qué el mundo premia a quienes lo desvalijan?

¿Por qué la justicia es ciega de un solo ojo? Wal Mart, la empresa más poderosa de todas, prohíbe los sindicatos. McDonald’s, también. ¿Por qué estas empresas violan, con delincuente impunidad, la ley internacional? ¿Será porque en el mundo de nuestro tiempo el trabajo vale menos que la basura y menos todavía valen los derechos de los trabajadores?

¿Quiénes son los justos y quiénes los injustos? Si la justicia internacional de veras existe, ¿por qué nunca juzga a los poderosos? No van presos los autores de las más feroces carnicerías. ¿Será porque son ellos quienes tienen las llaves de las cárceles?

¿Por qué son intocables las cinco potencias que tienen derecho de veto en las Naciones Unidas? ¿Ese derecho tiene origen divino? ¿Velan por la paz los que hacen el negocio de la guerra? ¿Es justo que la paz mundial esté a cargo de las cinco potencias que son las principales productoras de armas? Sin despreciar a los narcotraficantes, ¿no es éste también un caso de “crimen organizado”?

Pero no demandan castigo contra los amos del mundo los clamores de quienes exigen, en todas partes, la pena de muerte. Faltaba más. Los clamores claman contra los asesinos que usan navajas, no contra los que usan misiles.

Y uno se pregunta: ya que esos justicieros están tan locos de ganas de matar, ¿por qué no exigen la pena de muerte contra la injusticia social? ¿Es justo un mundo que cada minuto destina tres millones de dólares a los gastos militares, mientras cada minuto mueren quince niños por hambre o enfermedad curable? ¿Contra quién se arma, hasta los dientes, la llamada comunidad internacional? ¿Contra la pobreza o contra los pobres?

¿Por qué los fervorosos de la pena capital no exigen la pena de muerte contra los valores de la sociedad de consumo, que cotidianamente atentan contra la seguridad pública? ¿O acaso no invita al crimen el bombardeo de la publicidad que aturde a millones y millones de jóvenes desempleados, o mal pagados, repitiéndoles noche y día que ser es tener, tener un automóvil, tener zapatos de marca, tener, tener, y quien no tiene, no es?

¿Y por qué no se implanta la pena de muerte contra la muerte? El mundo está organizado al servicio de la muerte. ¿O no fabrica muerte la industria militar, que devora la mayor parte de nuestros recursos y buena parte de nuestras energías? Los amos del mundo sólo condenan la violencia cuando la ejercen otros. Y este monopolio de la violencia se traduce en un hecho inexplicable para los extraterrestres, y también insoportable para los terrestres que todavía queremos, contra toda evidencia, sobrevivir: los humanos somos los únicos animales especializados en el exterminio mutuo, y hemos desarrollado una tecnología de la destrucción que está aniquilando, de paso, al planeta y a todos sus habitantes.

Esa tecnología se alimenta del miedo. Es el miedo quien fabrica los enemigos que justifican el derroche militar y policial. Y en tren de implantar la pena de muerte, ¿qué tal si condenamos a muerte al miedo? ¿No sería sano acabar con esta dictadura universal de los asustadores profesionales? Los sembradores de pánicos nos condenan a la soledad, nos prohíben la solidaridad: sálvese quien pueda, aplastaos los unos a los otros, el prójimo es siempre un peligro que acecha, ojo, mucho cuidado, éste te robará, aquél te violará, ese cochecito de bebé esconde una bomba musulmana y si esa mujer te mira, esa vecina de aspecto inocente, es seguro que te contagia la peste porcina.

En el mundo al revés, dan miedo hasta los más elementales actos de justicia y sentido común. Cuando el presidente Evo Morales inició la refundación de Bolivia, para que este país de mayoría indígena dejara de tener vergüenza de mirarse al espejo, provocó pánico. Este desafío era catastrófico desde el punto de vista del orden racista tradicional, que decía ser el único orden posible: Evo era, traía el caos y la violencia, y por su culpa la unidad nacional iba a estallar, rota en pedazos. Y cuando el presidente ecuatoriano Correa anunció que se negaba a pagar las deudas no legítimas, la noticia produjo terror en el mundo financiero y el Ecuador fue amenazado con terribles castigos, por estar dando tan mal ejemplo. Si las dictaduras militares y los políticos ladrones han sido siempre mimados por la banca internacional, ¿no nos hemos acostumbrado ya a aceptar como fatalidad del destino que el pueblo pague el garrote que lo golpea y la codicia que lo saquea?

Pero, ¿será que han sido divorciados para siempre jamás el sentido común y la justicia?

¿No nacieron para caminar juntos, bien pegaditos, el sentido común y la justicia?

¿No es de sentido común, y también de justicia, ese lema de las feministas que dicen que si nosotros, los machos, quedáramos embarazados, el aborto sería libre? ¿Por qué no se legaliza el derecho al aborto? ¿Será porque entonces dejaría de ser el privilegio de las mujeres que pueden pagarlo y de los médicos que pueden cobrarlo?

Lo mismo ocurre con otro escandaloso caso de negación de la justicia y el sentido común: ¿por qué no se legaliza la droga? ¿Acaso no es, como el aborto, un tema de salud pública? Y el país que más drogadictos contiene, ¿qué autoridad moral tiene para condenar a quienes abastecen su demanda? ¿Y por qué los grandes medios de comunicación, tan consagrados a la guerra contra el flagelo de la droga, jamás dicen que proviene de Afganistán casi toda la heroína que se consume en el mundo? ¿Quién manda en Afganistán? ¿No es ese un país militarmente ocupado por el mesiánico país que se atribuye la misión de salvarnos a todos?

¿Por qué no se legalizan las drogas de una buena vez? ¿No será porque brindan el mejor pretexto para las invasiones militares, además de brindar las más jugosas ganancias a los grandes bancos que en las noches trabajan como lavanderías?

Ahora el mundo está triste porque se venden menos autos. Una de las consecuencias de la crisis mundial es la caída de la próspera industria del automóvil. Si tuviéramos algún resto de sentido común, y alguito de sentido de la justicia ¿no tendríamos que celebrar esa buena noticia? ¿O acaso la disminución de los automóviles no es una buena noticia, desde el punto de vista de la naturaleza, que estará un poquito menos envenenada, y de los peatones, que morirán un poquito menos?

Según Lewis Carroll, la Reina explicó a Alicia cómo funciona la justicia en el país de las maravillas:

–Ahí lo tienes –dijo la Reina–. Está encerrado en la cárcel, cumpliendo su condena; pero el juicio no empezará hasta el próximo miércoles. Y por supuesto, el crimen será cometido al final.

En El Salvador, el arzobispo Oscar Arnulfo Romero comprobó que la justicia, como la serpiente, sólo muerde a los descalzos. El murió a balazos, por denunciar que en su país los descalzos nacían de antemano condenados, por delito de nacimiento.

El resultado de las recientes elecciones en El Salvador, ¿no es de alguna manera un homenaje? ¿Un homenaje al arzobispo Romero y a los miles que como él murieron luchando por una justicia justa en el reino de la injusticia?

A veces terminan mal las historias de la Historia; pero ella, la Historia, no termina. Cuando dice adiós, dice hasta luego.

Ganó Martinelli, pero también Jované


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Olmedo Beluche

El resultado de los comicios del 3 de mayo es contundente, ganó el empresario Ricardo Martinelli con el 60% de los votos. Ganó porque, como decía su slogan de campaña, el pueblo panameño quiere un “verdadero cambio”. Por una vía tal vez insospechada, este triunfo confirmó lo que decíamos algunos sectores del campo popular: desde la gran huelga en defensa de la Caja de Seguro Social, en 2005, el pueblo panameño rompió con los dos partidos centrales del régimen nacido de la invasión de 1989: el PRD y el Panameñismo.

El fiasco que representó el gobierno de Mireya Moscoso, con todos sus escándalos de corrupción, y la rápida decepción producida por Martín Torrijos en sus primeras medidas económicas, hizo que las ilusiones y esperanzas que enormes sectores del pueblo panameño tenían en ambos partidos, y el régimen “partidocrático”, se esfumaran. Hasta aquí Panamá seguía las mismas tendencias que vemos en otros países del continente. Muchos decían: “necesitamos un Chávez”.

Pero la dirigencia sindical, el movimiento social y la izquierda política no presentaron la propuesta que el momento exigía. Las diferencias sectarias, el divisionismo, el escepticismo, el abstencionismo político, la contraposición falsa entre lucha callejera y lucha parlamentaria, impidieron que cuajara la propuesta política que la necesidad histórica reclamaba. Tan sólo una fracción de los sectores populares y progresistas comprendimos los hechos e iniciamos la formación del Partido Alternativa Popular, a mediados de 2007, en medio de muchos de debates y limitaciones.

Pero hubo alguien que sí vio la ocasión y la aprovechó: Ricardo Martinelli. Este empresario conservador, con una hábil campaña publicitaria se fue apropiando del discurso que no levantó la inexistente propuesta de las izquierdas panameñas: calificó de “huesos viejos” a los “políticos de siempre”, que “entran pobres y salen millonarios”, y que han tenido “40 años sin resolver los problemas del pueblo panameño”. Así se fue consolidando el “populista de derecha” que acaba de ganar las elecciones, claro, ayudado por una falsa “izquierda” (calificativo inmerecido de la candidata del PRD) de “corazón” que reniega de su pasado y no podía proponer nada porque era “más de lo mismo”.

Pero hay una esperanza a futuro: el Prof. Juan Jované. Jované, encabezando una alianza de sectores populares, recién en octubre de 2008, inició la lucha por una candidatura presidencial independiente, contra los partidos tradicionales y su régimen antidemocrático. En pocos meses la campaña “Jované Presidente” demostró que desde la izquierda, el movimiento social y popular puede tener una propuesta de gobierno seria.

Aunque inconstitucionalmente el Tribunal Electoral impidió inscribir su candidatura, a pocos días de las elecciones, Jované y su equipo nos anotamos una victoria moral y política cuando la Corte Suprema nos dio la razón, rompiendo el monopolio de los partidos tradicionales en la postulación presidencial. Una victoria democrática.

Esta victoria democrática, el respeto adquirido, las manifestaciones populares de simpatía recogidas a lo largo del país hacia el proyecto político encabezado por Jované, es ya una realidad incontrovertible que no puede ser ignorada. Corresponde a los dirigentes populares administrar, consolidar y construir este proyecto para que, cuando el péndulo vuelva hacia el otro lado, a más tardar en 2014, digamos presentes.


El verdadero cambio sigue pendiente

Olmedo Beluche

Finalizaron las elecciones más escandalosas en 20 años de régimen “democrático”. Nunca antes a los principales candidatos a la Presidencia se les había levantado el fuero bajo sospecha de haber recibido dinero sucio para sus campañas. Nunca antes habían quedado al descubierto las mentiras de los dos principales candidatos a la alcaldía capitalina. Nunca hubo tantas diatribas, ni siquiera bajo el régimen de Noriega. Los mayores sólo encuentran referencias en los comicios de 1968.

La campaña deja un país polarizado que potencialmente podría conducir a una crisis mayor del régimen. La culpa principal de esta situación está en un sistema electoral probadamente antidemocrático, la “partidocracia”, hecho a la medida de políticos repudiados que han detentado el poder desde 1989.

La Corte Suprema de Justicia, tardíamente, le ha dado la razón al Prof. Juan Jované y a quienes apoyamos su postulación independiente a la Presidencia : los Magistrados del Tribunal Electoral se basaron en un artículo inconstitucional para negar su participación en los comicios. Con lo cual impidieron participar a la mitad de la ciudadanía, no inscrita en ningún partido, que hubiera deseado otras opciones electorales.

El “verdadero cambio” sigue pendiente. El cambio de un régimen electoral antidemocrático, que impide con diversas mañas la participación política de sectores distintos a la partidocracia corrupta. La moraleja de las elecciones es que se requiere una reforma profunda del Código Electoral. Esa reforma no puede estar en manos del Consejo de Partidos Políticos. Exigimos que los diversos sectores de la sociedad civil participemos de esas reformas.

Los votos de Ricardo Martinelli reflejan esta aspiración al cambio, además de la crisis de los partidos tradicionales, aunque él y los que le rodean son parte de los “huesos viejos”, por ende, no son “el verdadero cambio” al que el pueblo panameño aspira. Pronto su gobierno lo demostrará, desilusionando, como antes pasó con Endara, Balladares, Moscoso y Torrijos.

El “verdadero cambio” en la política económica y social también está pendiente. Las campañas sucias escondían que los principales candidatos no tenían diferencias de fondo. Ambos sólo propusieron el continuismo de las privatizaciones, el neoliberalismo, el país para beneficio de banqueros y comerciantes, y las migajas de la “Red de Oportunidades” para los pobres.

La campaña “Jované Presidente” demostró que los sectores populares sí tenemos una propuesta distinta para el país y podemos aspirar a ser gobierno. Corresponde a los dirigentes populares romper con el abstencionismo político, que lucha en las calles, pero regala los órganos de poder a los partidos de siempre.

Hay que acabar con el sectarismo que impide la unidad popular, para pasar de la actitud reactiva ante las medidas de los gobiernos, a la fase de construir una propuesta política seria. Aprendamos de otros pueblos de América Latina.

El “verdadero cambio” está por hacerse, pero necesita un partido político que lo represente. El Partido Alternativa Popular, en formación, abre sus puertas para construir la propuesta popular, democrática, antineoliberal y nacionalista que Panamá reclama. Tenemos, a lo sumo, cinco años para hacerlo, asumamos la responsabilidad.

(El autor es secretario general del Partido Alternativa Popular)

Concentración de protesta por la concesión del premio Cortes de Cádiz a Alvaro Uribe


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Rebelión

Diversos grupos pro derechos humanos, organizaciones de la izquierda colombiana e Izquierda Unida (IU), han organizado una concentración cívica a las 11:00 horas frente a la embajada de Colombia (Paseo General Martínez Campos 48. metro Gregorio Marañon o Rubén Darío). la Casa América de Madrid, en protesta por la concesión a la misma hora en esa institución al Presidente de Colombia, Álvaro Uribe de premio “Cortes de Cádiz a la Libertad” por parte del Ayuntamiento de Cádiz, gobernado por el PP.

El senador de Izquierda Unida Joan Jusep Nuet ha denunciado el acompañamiento que PP y PSOE realizan de la figura de Álvaro Uribe, “personaje de profundas convicciones no democráticas, con actuaciones que han acompañado la violencia paramilitar y colaborador intimo de la estrategia de sumisión para toda América Latina diseñada por la anterior administración norteamericana” Nuet ha recordado también el posicionamiento de Amnistía Internacional que con motivo de la visita a España del presidente colombiano Álvaro Uribe, ha exigido al Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero que deje de ignorar las violaciones graves y sistemáticas de los derechos humanos que siguen perpetrándose en Colombia. En las últimas dos décadas, entre tres y cuatro millones de personas se han visto obligadas a abandonar sus hogares en Colombia. En 2007, fueron más de 300.000 personas las que quedaron desplazadas, y en la primera mitad de 2008, 270.000 sufrieron desplazamientos forzados. En la actualidad se calcula que hay cuatro millones de personas desplazadas , muchas de ellas pertenecientes a pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, defensores de los derechos humanos, sindicalistas, mujeres y niños.

Al menos 300 civiles fueron asesinados en 2007 por los grupos paramilitares, en muchos casos en connivencia con las fuerzas de seguridad . Además, las estadísticas más recientes señalan que las ejecuciones extrajudiciales cometidas directamente por las fuerzas de seguridad han aumentado considerablemente en los últimos años. Asimismo, en 2007, al menos 190 personas fueron víctimas de desaparición forzada a manos de las fuerzas de seguridad y los paramilitares, o se encuentran en paradero desconocido después de ser secuestradas por los diferentes grupos armados de oposición.

La organización humanitaria ha asegurado que el Gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero "no puede continuar obviando el hecho de que la situación de derechos humanos y humanitaria de Colombia sigue siendo grave, que el país continúa en medio de un conflicto armado y que los grupos paramilitares siguen operando" con la impunidad que otorga la connivencia con las autoridades, y ha recordado que su obligación es priorizar una agenda de derechos humanos en las relaciones bilaterales con Colombia.

Además, Amnistía ha instado al Gobierno español a suspender la ayuda militar y toda transferencia de equipo militar a las fuerzas armadas colombianas hasta que se hayan aplicado plenamente las recomendaciones de Naciones Unidas, de modo que "no exista un peligro evidente de que la ayuda y el equipo vayan a utilizarse para facilitar graves violaciones de derechos humanos y del derecho internacional humanitario en Colombia". Según las últimas estadísticas oficiales, en el primer semestre de 2008 el Gobierno del PSOE autorizó a Colombia la venta de 110 millones de euros en "aeronaves" .

AI ha mostrado su preocupación por el hecho de que las autoridades colombianas tachen de "afines a la guerrilla" a algunos periodistas. Muchos de ellos, como los sindicalistas y los defensores de los derechos humanos, son amenazados de muerte, y algunos acaban asesinados.

La organización ha recordado también que el proceso de desmovilización de los grupos paramilitares impulsado por Álvaro Uribe supone que nueve de cada diez paramilitares desmovilizados se beneficien de amnistías de facto . Además, desde que comenzaron a declarar ante las unidades de Justicia y Paz previstas por la Ley, al menos 15 personas relacionadas con el proceso fueron víctimas de homicidio y alrededor de 200 personas más recibieron amenazas.

Somalia: nos mienten sobre los piratas


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Johann Hari, Global Research

¿Quién podría imaginar que en 2009, los gobiernos del mundo declararían una nueva guerra a los Piratas? Mientras está leyendo esto, la Marina británica – apoyada por los buques de más de dos docenas de naciones, desde los Estados Unidos hasta China – se está internando en aguas de Somalia para perseguir a hombres que todavía vemos como villanos de circo con un loro en el hombro. Pronto estarán luchando contra buques somalíes y hasta persiguiendo a los piratas en tierras de Somalia, uno de los países más rotos de la tierra. Pero detrás de la extravagancia de este cuento, hay un escándalo por contar. La gente que nuestros gobiernos etiquetan como “una de las grandes amenazas de nuestros tiempos” tiene una historia extraordinaria que contar – y algo de justicia de su parte.

Los piratas nunca han sido exactamente lo que creemos que son. En la “edad dorada de la piratería” – desde 1650 hasta 1730 – la idea del pirata como el ladrón salvaje e insensato que perdura hasta nuestros días fue creada por el gobierno británico en un gran esfuerzo propagandístico. Mucha gente corriente creyó que esto era falso: con frecuencia la muchedumbre les rescataba de la horca. ¿Por qué? ¿Qué vieron entonces que nosotros no vemos ahora? En su libro Villains of all nations (Villanos de todas las naciones), el historiador Marcus Rediker escudriña las pruebas para averiguarlo. Entonces, si te alistabas en la Marina Mercante o en la Marina británica – reclutado en los muelles de Londres, joven y hambriento – terminabas en un infierno flotante de madera. Trabajas a todas horas en un buque angosto y medio muerto de hambre, y si remoloneabas algo, el todo poderoso capitán te azotaba. Si remoloneabas constantemente, te podrían tirar por la borda. Y después de meses o años soportando esto, a veces te timaban en la paga.

Los piratas fueron los primeros en rebelarse contra este mundo. Se amotinaron contra sus capitanes tiránicos – y crearon un modo distinto de trabajar en la mar. Una vez tomado un buque, los piratas elegían a su capitán, y tomaban todas sus decisiones colectivamente. Compartían el botín, lo que describe Rediker como “uno de los planes más igualitarios del siglo dieciocho para aprovechar los recursos disponibles”. Hasta acogían a esclavos africanos y convivían con ellos como iguales. Los piratas demostraron “de forma bastante clara y subversiva – que no hacía falta llevar el buque en la manera opresiva y brutal que lo hacían la Marina Mercante y la Marina británica”. Es por esto que eran populares, a pesar de ser ladrones improductivos.

Las palabras de un pirata de esa edad perdida – un joven británico llamado William Scott – deberían tener eco en esta nueva edad de piratería. Justo antes de que lo ahorcaran en Charleston, Carolina del Sur, dijo: “Lo que hice fue para no perecer. Fui obligado a hacerme pirata para sobrevivir”. En 1991, cayó el gobierno de Somalia, situado en el Cuerno de África. Sus nueve millones de habitantes han estado al borde de morirse de hambre desde entonces – y muchas de las fuerzas más feas del mundo occidental han visto esto como una estupenda oportunidad para robar las provisiones de comida del país y verter nuestros residuos nucleares en sus mares.

Sí: residuos nucleares. En cuanto desapareció el gobierno, llegaban misteriosamente buques europeos a la costa de Somalia, vertiendo enormes barriles en el océano. La población de la costa empezaba a enfermar. Al principio, padecieron extrañas erupciones, nausea, y nacieron niños malformados. Entonces, después del tsunami de 2005, cientos de estos barriles vertidos y con fugas terminaron en la orilla. La gente empezó a enfermar de la radiación, y más de 300 personas murieron. Ahmedou Ould-Abdallah, el enviado de Naciones Unidas a Somalia, declara: “Alguien está vertiendo material nuclear aquí. También hay plomo, y materiales pesados, tales como cadmio y mercurio – o sea, de todo.” Se puede seguir su rastro hasta los hospitales y las fábricas europeos, y se entrega a la mafia italiana para que ésta se deshaga de ello de la manera menos costosa. Cuando pregunté a Ould-Abdallah qué hacían los gobiernos italianos para combatir esto, dijo con un suspiro: “Nada. Ni se ha limpiado, ni ha habido compensación ni prevención.”

Al mismo tiempo, otros buques europeos han estado saqueando los mares de Somalia de su mayor recurso: el marisco. Hemos destruido nuestras propias existencias de pesca por sobreexplotación – y ahora queremos las suyas. Enormes palangreros roban cada año más de 300 millones de dólares en atún, gambas, langosta, etc. al internarse ilegalmente en los mares no protegidos de Somalia. Los pescadores locales han perdido de buenas a primeras su sustento, y se están muriendo de hambre. Mohammed Hussein, un pescador de la ciudad de Marka, a 100 kilómetros de Mogadishu, declaró a Reuters: “Si no se hace nada, pronto no quedará pesca en las aguas de nuestra costa”.

Éste es el contexto en el que han surgido los hombres que nosotros llamamos “piratas”. Todo el mundo está de acuerdo en que eran pescadores corrientes somalíes que primero intentaron disuadir con lanchas veloces a los que vertían residuos desde los palangreros o por lo menos cobrarles un tributo. Se llaman a si mismos los Guardacostas Voluntarios de Somalia – y no es difícil entender por qué. En el transcurso de una entrevista telefónica surrealista, uno de los dirigentes piratas, Sugule Ali, dijo que su propósito era “parar la pesca ilegal y vertidos en nuestras aguas... No nos consideramos bandidos de los mares. Los bandidos son aquellos que pescan, vierten residuos y llevan armas en nuestros mares.” William Scott habría entendido estas palabras.

No, esto no justifica la toma de rehenes, y sí, algunos son evidentemente gángsteres – especialmente aquellos que han retenido los suministros del Programa Mundial de Alimentos. Pero los “piratas” tienen el apoyo abrumador de la población local por algo. El sitio web de noticias independiente somalí WardherNews encuestó a la población local sobre su opinión del tema – un 70 por ciento “apoyó la piratería como forma de defensa nacional de las aguas territoriales del país”. Durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos, George Washington y los padres fundadores pagaron a piratas para proteger las aguas territoriales de su país porque no tenían marina ni guardacostas propios. La mayoría de los estadounidenses los apoyaron. ¿Es esto tan diferente?

¿Esperábamos que los somalíes hambrientos nos mirasen pasivamente desde sus playas o mares en medio de nuestros residuos nucleares mientras robábamos sus peces para comerlos en los restaurantes de Londres, París y Roma? No actuamos cuando se cometían estos crímenes - pero cuando algunos pescadores respondieron interrumpiendo el pasillo de tránsito del 20 por ciento del suministro de petróleo mundial, empezamos a gritar sobre la “maldad”. Si de verdad queremos ocuparnos de la piratería, necesitamos erradicar su causa – nuestros crímenes – antes de mandar los cañoneros para erradicar a los criminales somalíes.

La guerra contra la piratería, también ésta de 2009, fue resumida por otro pirata que vivió y murió en el cuarto siglo antes de Cristo. Se le capturó y llevó ante Alejandro Magno, que quiso saber “qué quería decir con guardar el mar”. El pirata sonrió y respondió: “Lo que quiere decir Vd. con apoderarse de toda la tierra; pero como yo lo hago con un barco insignificante, soy un ladrón, mientras que a Vd., que lo hace con una gran flota, lo llaman emperador.” Una vez más, nuestras grandes flotas imperiales navegan hoy - ¿pero quién es el ladrón?

Traducido para Rebelión por Christine Lewis Carroll